martes, 31 de julio de 2007

Cultura del trampantojo.



[Trampantojo del Callejón de San Francisco, Valladolid. El fondo representa la acera opuesta de la Plaza Mayor, con el Convento de San Francisco, tal y como se vería si no se hubiera construido en él, para cegarlo, el incongruente edificio del Banco de Santander, un pastiche que debería demolerse, y si no hubiera desaparecido el Convento, claro.]


Esta sociedad no sabe lo que quiere. O lo sabe perfectamente. Ha convertido la cultura en algo ligero, que se pueda trasportar cómodamente. Y cuando se pone sublime, la reduce al espectáculo. No es la primera vez que sucede en la Historia. Cuando los monarcas entraban en las ciudades, estas se volcaban y endeudaban para organizarles grandes fiestas y engalanaban las fachadas o las ocultaban tras unas falsas. Construían arcos lujosos pero efímeros. Y el pueblo alababa lo bonito que había quedado todo mientras se rascaba sus miserias. Estas costumbres han llegado hasta nosotros y su tratamiento irónico ha dado lugar a obras maestras como Bienvenido Mr. Marshall. Pero ahora, con la rapidez de consumo que nos caracteriza y el escaso interés de las autoridades culturales competentes -a las que adulan con la cooperación ansiosa y el comportamiento cortesano más de un académico y el artista en busca de mecenezgo-, hay un desenfreno voraz y la cultura ha devenido espectáculo colectivo de fácil arquitectura y escasa mirada. La cultura se ha hecho, definitivamente, mercado subvencionable de cómoda moldura. Divierte, entretiene, pero oculta, tapa, engaña, disfraza. Se
muestra orgullosa de su condición de pasatiempo. A veces, y es hasta peor, pretende querer decir algo y no son más que banalidades. ¡Hay tantos ejemplos!
Pero si te acercas un poco, solo un poco, se ve el truco.
También hay aportaciones culturales de más calado, pero pasan tan de puntillas que...

6 comentarios:

Pilar dijo...

Estos días he estado en Madrid y en Barcelona.
Dos ciudades diferentes pero que me encantan.
Me hacen sentirme más libre.
Me hacen cuestionarme si realmente me disfrazo cada día en esta ciudad provinciana que me vio nacer. Si mi yo, está escondido y disfrazado y condicionado por esta ciudad.
Allí, en ambas ciudades, he observado como tantas veces a los japoneses, que son comedores de cultura, tragadores de museos, fotografiadores compulsivos...
Se quedan tan en la superficie...
Algún día te contaré porqué siento animadversión hacia esta raza.
No sé si me he ido por las ramas, Pedro.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

No, querida PILAR. La sensación de agobio en una ciudad en la que, a fin de cuentas, o conoces a la gente o te conocen o conocen a alguien que te conoce, puede ser abogiante y condiciona nuestras acciones.
Me gusta y te agradezco este cariño que tienes por La Acequia, comentando entradas antiguas. Aquí siempre tendrás tu espacio.

Silvia_D dijo...

Se pierde la esencia, nuestras miradas resbalan y poco de lo que se construye tiene valor para "unas futuras miradas"

Me gusta pasear por el interior de los blog que me interesan, no tienes que agradecer nada, para mi la concepción de internet es plana y sin paredes , una sucesión de momentos que no tienen por que tener un orden definido.
Como no sé si me explico , no digo más jajajaj
Besos^^

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Te explicas, DIANNA, perfectamente. Besos.

Pedro J. Sabalete Gil dijo...

Perfecto y de acuerdo Pedro (tocayo mío por cierto), la cultura desde la óptica de muchos poderes públicos no es más que engañifa, ortodoncia, trampantojo. Recuerdo una maqueta de hace tres años para las elecciones de la localidad. Era espectacular, representaba una nueva parte de la ciudad. Esa especulación no se llevó a cabo pero alguno se embolsó el dinero de la espectacular miniatura.

Saludos.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

GOATHEMALA: así nos tratan y así tratan nuestra cultura: como pura ficción y papel mojado. Gracias por venir a una entrada antigua.