jueves, 6 de mayo de 2010

Azotes y pellizcos con una historia de crítica social escondida (Cap. 2.48).


Nos encontramos ante uno de los capítulos más cómicos y teatrales del Quijote. No es la primera vez que señalamos que uno de los recursos con los que Cervantes renueva la forma narrativa es con la introducción de técnicas y situaciones que proceden de la escena de su época. Contribuye con ello a motivar en la mente del lector la imaginación que convierte lo leído en visto. Cervantes toma situaciones propias del teatro breve cómico del momento (los entremeses) a las que, por otra parte, les da un giro de tanta modernidad que anticipa caminos teatrales que han llegado hasta nuestra época (habría que recordar situaciones similares de los hermanos Marx, por ejemplo). Quizá por no poder estrenar en los corrales tras el éxito de la formula lopesca que barrió de las tablas a autores anteriores como el propio Cervantes, vuelca sus fantasías teatrales en las novelas: un camino cuyo fruto es un sentido dinámico de la narración que pocos novelistas han alcanzado.

En efecto, todo es muy visual y cómico en la situación. Comenzando por los protagonistas: don Quijote herido por los gatos y vestido y vendado ridículamente; doña Rodríguez, la dueña que había tenido varios desencuentros con Sancho, entrando sigilosamente con una vela en su cuarto. El juego de la vela que se apaga subraya una situación francamente divertida: ambos, con sus propios temores, extreman un pudor que no les debería corresponder ni por edad ni por experiencias pero que sirve para caracterizarlos y provocar la risa en los lectores. Cervantes juega con todo el potencial de un chiste con alusiones sexuales en una situación imposible protagonizada por dos personajes cuyas características son propias de la comedia de figurón, en especial don Quijote que ya había protagonizado una ocasión similar al ser requerido de amores por Altisidora e invertir los papeles que normalmente corresponden a la doncella y convertir la parodia de la fidelidad del caballero en un extremo ridículo:

-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le dio con las mesmas ceremonias.

El muy logrado efecto de la situación lo subraya el mismo Cervantes cuando convierte a Cide Hamete en portavoz de lo que piensa cualquiera de los lectores en ese mismo momento:

Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa de dos que tenía.

Es impagable tanto la escena como este apunte del narrador.

Tras sosegarse ambos, pero siempre en actitud ridícula, doña Rodríguez da muestra de lo que ya intuíamos con sus anteriores explicaciones: es tan simple como el propio Sancho y ha terminado por creerse a don Quijote y participar de su locura a pesar de que toda la corte de los Duques se burla de él y que ella misma debe tener alguna noticia, incluida la misma actuación de don Quijote y Sancho desde que los conoce. Así comprendemos mejor su antagonismo con Sancho. Acierta Cervantes con ello, porque nos proporciona en la casa de los Duques varias forma de recepción de la fantasía caballeresca del hidalgo manchego, prolongando los efectos que hemos visto desde que salió al mundo por vez primera. El relato de doña Rodríguez no tiene desperdicio: se caracteriza a sí misma, sin quererlo, como una dueña tópica de la literatura burlesca y nos regala, en lo que cuenta de su marido, un cuento popular sobre actitudes a las que lleva la exagerada jerarquización de la sociedad española del momento. Pero este pequeño cuento de corte tradicional quizá sirva para preparar lo que sigue.

El relato de doña Rodríguez tiene un motivo en su núcleo que va directamente hacia la crítica social. En una situación tan cómica y con personajes que sostienen actitudes tan ridículas, esconde Cervantes una amarga realidad del momento: la hija de doña Rodríguez ha sido burlada por un labrador rico que ahora, bajo la protección del Duque, no quiere cumplir su palabra de matrimonio. Esta denuncia del abuso del labrador y su alianza, por dinero, con la alta nobleza, es un apunte tan certero en la intención que Cervantes decide esconder la crítica dejando que doña Rodríguez la diluya al comentar las ligerezas de Altisidora y los defectos físicos tanto de ésta como de la Duquesa. Doña Rodríguez, al ejercer de dueña cotilla, sirve para que Cervantes disimule la crítica central de la historia.

Por otra parte, el final de la escena, con la entrada de unos misteriosos personajes que entran en el cuarto de don Quijote, azotan a doña Rodríguez y pellizcan al caballero, vuelve a recordarnos la comicidad teatral de lo acontecido. Hay que ir limando las capas de esta comicidad para darnos cuenta de la agudeza técnica con la que endulza Cervantes su mirada social sobre alguna de las consecuencias de la alianza entre la aristocracia y el dinero.

Tendremos que esperar para saber qué encantador o duende ha cerrado de forma tan brusca el diálogo entre don Quijote y la dueña. Por ahora, el próximo jueves comentaremos el capítulo XLIX.

26 comentarios:

Cornelivs dijo...

Prosigue en este capitulo 48 de la 2ª Parte la fina ironía de Cervantes, que empieza describiéndonos la soledad y la tristeza de D. Quijote, vendado el rostro aún como consecuencia de los arañazos gatunos.
Las circunstancias en las que se produce el encuentro nocturno entre D. Quijote y la dueña, y la magnifica descripción que hace Cervantes de todo ello, hace disfrutar al lector, sencillamente. Me saldrían pelos en la lengua antes de expresar la admiración que este humilde lector siente hacia el genio cervantino. D. Quijote piensa que primero es un fantasma lo que se acerca; y luego, cuando ve quien es, piensa que trae "recado" ("tercería" dice Cervantes) de alguien, es decir, que trae una misiva amorosa de alguna chica. Cervantes nos hace reír y sonreír una y otra vez, con este relato intemporal en el que reconocemos fácilmente las emociones humanas de todas las epocas: cambia el tiempo, la tecnología y la ciencia avanza, pero el corazón humano sigue siendo el mismo.
Asi es; pues vemos a D. Quijote hablando en alta voz de su fidelidad hacia Dulcinea, sin duda pretende que se le oiga y, de paso, desengañar a quien venga a verlo con intenciones “libidinescas”. Pero ya es tarde, porque la dueña abre la puerta, y tras los iniciales y mutuos recelos, vemos que la dueña se sienta en la silla y D. Quijote se mete en la cama, embozado hasta los ojos.
Cide Hamete Benengeli hubiera disfrutado viéndolos así cogidos, y no me extraña. Pero yo daría cualquier cosa por ver a D. Quijote un poquitin antes: cuando se pone de pie al acercarse Dª Rodríguez con la "galocha" en la cabeza "...en el cual traje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar".
D. Quijote piensa en voz alta, mientras que Dª Rodríguez va a buscar una vela. Hombre, al fin y al cabo, D. Quijote trata de dominar sus ímpetus amorosos. "¿Y quién sabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? Y en casos semejantes mejor es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso, que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo." Delicioso.

Y vienen mas ironías, porque Dª Rodríguez, (creo que es la misma dueña a quien Sancho encomendó tuviera cuidado con su rucio apenas llegado al castillo de los duques), va a buscar a D. Quijote a contarle su desgracia: la dueña le cuenta su vida, tiene una hija que ha sido engañada por un labrador rico, que le dio palabra de matrimonio y luego, una vez gozados de los encantos de la chica, se arrepiente, no queriéndose casar.
Pretende Dª Rodríguez que D. Quijote fuerce al tal labrador a que cumpla su palabra y se case con su hija. Pero para desgracia de Dª Rodríguez, el duque no le quiere ayudar, pues el padre del tal labrador es rico, y le presta dinero al duque, como “fiador de sus trampas”, de modo que con el duque –que no quiere enojar a su generoso benefactor- no puede contar para nada, viéndose la dueña obligada a recurrir al estrafalario y arañado caballero andante manchego. La historia de la dueña parece, a mi al menos me da la impresión, que es real; se mezcla la realidad con la ficción, es maravilloso todo: una dueña real, con un problema real, pide ayuda, a la desesperada, a un caballero andante de novela: la dueña no pretende burlarse esta vez de D. Quijote. Es como si se mezclaran realidad y ficción. Cervantes sabe, magistralmente, mantener ese clima durante toda la novela.
Finalmente, para encumbrar aun más a su hija, dice la dueña que a Altisidora le huele el aliento y que es demasiado desenvuelta; y revela el secreto de las fuentes en las piernas de la duquesa. Casi inmediatamente, vemos que los encantadores se lían a palos y mamporrazos con la dueña y con D. Quijote. Esta visto que hay muchos encantadores/as sueltos por la noche en el castillo de los duques.
Saludos.

pancho dijo...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. CAPÍTULO 2.48
El autor nos introduce otra nueva pirueta narrativa en este capítulo que sigue con la separación de los dos protagonistas. Faltaba el cruce de personajes de la realidad del castillo, en este caso representada por la dueña Rodríguez, vieja conocida, que hace su papel real, con los que actúan en la farsa organizados por los duques. Las consecuencias para DQ de la excursión nocturna real de la dueña no difieren en lo sustancial de la anterior aventura, esto es: más magullamiento añadido al rostro señalado, “no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato”. La acción transcurre de noche en la realidad de DQ, con idas y venidas de luz en la habitación, que se puede abrir por fuera, en la que convalece DQ.

En una de las noches de los seis días seguidos que llevaba enclaustrado el hidalgo, el ruido de una llave al girar en la cerradura sobresalta la soledad de DQ, candado en su habitación; oculto de la mirada de los demás por no hacer más sangre de la vergüenza sobrevenida del origen gatuno de las lesiones. Desde lo alto de la cama, envuelto en una colcha, ve entrar una vela portada por la mano izquierda, que deja ver a la dueña Rodríguez con anteojos, enmantada hasta los pies que “pisaban quedito y movía los pies blandamente.” La voz de DQ hizo que se aturullara, se apagara la luz y la dueña diera con sus huesos en el suelo, enredada en la manta.

DQ conjura tal presencia ofreciendo su brazo para salvar incluso a las almas del purgatorio, para eso y mucho más sirve un caballero andante. La dueña se le presenta y dice que quiere contar sus cuitas al remediador. El hidalgo acepta remediar siempre que abandone “todo incitativo melindre”; ya no está de provecho para nadie.

Al abandonar la dueña la habitación para encender la vela, sucede un monólogo de DQ en el que, a oscuras, duda de las buenas intenciones de una dueña que se presenta por la noche en la habitación de un soltero. En este momento tan comprometido para su honestidad, envidia a las señoras que tienen a las dueñas de estatuas hacendosas. Se revela consigo mismo por simplemente albergar la posibilidad de que una vieja con anteojos pueda tener atractivo. Dudas tremendas que le empujan a levantarse de la cama y cerrar la puerta por dentro. La dueña se dio más prisa en regresar con la candela encendida y teme también por su integridad. No esconde aquí Cervantes sus intenciones teatrales en una escena que provocaría la carcajada del público tanto como la de Cide Hamete en el paréntesis del guión de teatro: “por Mahoma que diera, por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa de dos que tenía.”

Cuenta la dueña que a la corte de Madrid llegó desde Asturias a servir con una señora. Se queda huérfana y un escudero “apersonado” se enamora de ella antes de casarse, tener una hija y quedarse viuda como consecuencia de un “accidente laboral” en el que se vio atravesado por un alfiler de la señora. Fue despedido y murió a continuación.

pancho dijo...

Le toca a DQ escuchar que la hija cuenta ya con 16 años, cinco meses y tres días. Un labrador rico se enamoró de ella, se juntaron sin permiso para poco después abandonarla con la deshonra a cuestas. La dueña recurre a DQ después del fracaso de sus intentos para que la intervención del duque, que hace “orejas de mercader” medie en la deshonra. En realidad, su hija merece más atención por parte del hidalgo que Altisidorilla “que no es todo oro lo que reluce”. Incluso la duquesa tiene unas fuentes en las piernas por donde desagua el mal humor; ámbar líquido debe de ser lo que de allí mana según DQ.

Se le cae la vela a la dueña Rodríguez al abrir la puerta y alguien la agarra por la garganta “que no la dejaba gañir”, mientras otra la azota con una zapatilla. DQ, mientras tanto, amonado en la cama, no le vaya a tocar algo en el reparto. De poco le sirvió porque fueron a por él y le pellizcaron durante una batalla de media hora dejándole “doloroso y pellizcado, confuso y pensativo”.

Ahora nos vamos a la ínsula a comprobar si S remedió su hambre y volvemos a dejar a su amo en la cama, más convaleciente aún después de la recaída.

Abejita de la Vega dijo...

Miro la pantalla de mi ordenador y veo algo que no me es desconocido. ¿Qué imagen es ésa? No es una extraña publicidad de esas que emergen en Internet, no se trata de ningún anuncio, no. ¡Es una mujer vestida monjilmente, con ropajes negros y enorme toca blanca! ¡Es doña Rodríguez, la “reverenda dueña”! ¡Está ahí dentro, como la otra vez, en la pantalla de mi ordenador! Parece que quiere decirme algo, subo el volumen y escucho una voz algo fantasmal. Me dice:

“Ruego a vuestra merced, mujer amanuense, cese su movimiento digital, sobre ese extraño artefacto y me preste atención. Conoce vuestra merced mi procedencia, vengo de ese limbo, tan aburrido, en que viven los personajes secundarios de aquel genial libro, dado a la estampa con el título de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Sé que vuestra merced me concedió, anteriormente, su atención; por eso me presento, ahora, para representarle lo que pasó tras lo ya relatado. Verá vuestra merced:

Don Quijote, está mohíno y señalado por las uñas de un gato, desdicha ajena, que no aneja, a la caballería andante. Seis días lleva encamado, nadie lo ha visto; pero yo no me resisto, el llavero está a mi alcance. He de verlo y entablar amena conversación.

Me hago con la llave del aposento donde se repone el malferido don Quijote. Abro, sigilosamente, la puerta. Tal vez esté dormido y, si le despierto con brusquedad, puede echar mano a la espada y emprenderla a tajazos conmigo, confundiéndome con algún encantador follón y malandrín.

No hay por qué temer, que mi caballero permanece desvelado, pensando en sus desgracias y en el acoso de esa tontuela Altisidora. ¿He dicho mi caballero? Borre, por Dios, ese mi; un lamentable lapsus linguae, fruto de la precipitación. Decía que el caballero , a pesar de mi cautela, percibe el girar de la llave.

Y manifiesta en voz alta sus pensamientos. Cree que la alta doncella Isidora, viene a turbar su honestidad de casto doncel. ¡A forzarle, Dios no lo quiera! Tal vez, cayendo en las redes traicioneras, falte a su Dulcinea. ¡No, eso nunca!
(Mañana sigo)

Cosmo dijo...

Por un momento me causó la impresión de ver a dos viejos conocidos ayudándose cuando imaginé a doña Rodríguez contando sus problemas a don Quijote.
Abrazos

Myr dijo...

¡Tan cómico y teatral como el 1,16!

Abrazos a ti y saludos al grupo

Myr dijo...

(Disculpa PEDRO lo extenso de mi comentario, pero estoy economizando tinta)

São dijo...

A aliança entre a aristocracia e o dinheiro geralmente não dá lá muito resultado, não.

Besos.

Merche Pallarés dijo...

Como apunto en mi resumen, no he entendido muy bien lo de la "almalafa" que comenta Cide Hamete. Supongo que leyendo a los compañeros, (especialmente a LA ABEJITA) lo entenderé. Besotes quijotescos, M.

Marina dijo...

He vuelto a leer el capítulo y me he vuelto a sentir la adolescente tonta que lo leia de madrugada, riendo a carcajadas mientras despertaba a toda la casa.

Un abrazo.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

MERCHE: una almalafa era una "Vestidura moruna que cubría el cuerpo desde los hombros hasta los pies" (DRAE). Por lo tanto, que Cide Hamete diera la mejor de las dos que tenía por ver aquella escena significa mucho para el narrador arábigo. ¿Tú no darías algo por haber visto esta escena nocturna entre Don Quijote y doña Rodríguez?

Quiero pediros disculpas a todos. En la publicación de esta entrada hubo unos fallos informáticos causados porque me embarullé al tener la cabeza en una noticia triste.

Merche Pallarés dijo...

Gracias Pedro, despues de tu comentario en mi resumen, ya lo he entendido. Espero que la noticia triste no sea la que yo presiento... De todas formas, no me he fijado en los fallos informáticos. Besotes de nuevo, M.

Paco Cuesta dijo...

Todo el capítulo está impregnado de una ternura tragicómica. Es un oasis afectivo en el desierto de tanta burla.

SAUVIGNONA dijo...

hola pedro paso a dejarte un saludo y un beso enormote ..para que te dure todo el fin de semana ...que tengas lindos dias!

besines !

:;)sauvignona
( a ver cuando te vistes de don quijote o por lo menos haces un dibujito y lo publicas )

chao!

Aldabra dijo...

voy unos capítulos atrasada, espero ponerme al día este fin de semana.

biquiños,

Asun dijo...

Ciertamente es un capítulo bien cómico. DQ con esas pintas, la dueña con su toca blanca repulgada, sin fiarse del todo el uno del otro, agarraditos de la mano cual pareja bien avenida.

Besos y un fuerte abrazo

PD: Siento lo que mencionas de la noticia triste

Abejita de la Vega dijo...

Grabada, estampada, escondida en sus entrañas; así la siente. ¿Qué demonios tendrá la tobosana? Cebolluda labradora, dorada ninfa del Tajo, con Merlín, con Montesinos…le da igual, es suya de todas maneras. No entiendo eso, pero suena muy bien.

Abro la puerta y acaba sus enamoradas razones. Se pone de pie, en la cama, y luce una imagen fantasmal. La colcha de manto, la galocha de corona y una cabeza toda vendada. Esos bigotes tiesos y vendados podrían haber movido a risa, mas la verdad es que estoy asustada.
Espera, no hay duda, a aquella que tan impúdicamente se le ofreció, en el jardín. Me ve entrar, arrastrando mis blancas tocas, con la vela medio encendida, mis anteojos. La expresión de su rostro es la de quien ve a un fantasma. Se santigua apresuradamente.
Él medroso, yo asustada. Doy una gran voz y con el sobresalto se me cae la vela de las manos. Uy, yo me voy de aquí. Me enredo con las faldas y las tocas, vuelan los anteojos. La caída no es pequeña. Buena liebre…
Don Quijote conjura al “fantasma”, para que diga qué quién es y que quiere Si es alma en pena, le ofrece sus servicios como caballero andante, incluso en el purgatorio.
Por mi temor deduje el de don Quijote. Desolada le digo quién soy, en verdad. Me presento como doña Rodríguez, dueña de honor de la duquesa, con una necesidad de las que su merced suele aliviar.
Y, en lugar de indagar el origen de mi cuita, me pregunta si vengo “a hacer alguna tercería. ¿Me está llamando Celestina? Me hace saber que él no es para nadie, si no es para la sin par Dulcinea. Qué empecinamiento el de este hombre. Y que si olvido “todo recado amoroso”, puedo departir con él de todo lo que quiera.
Dejo el enojo que lo de la “tercería” me ha causado y contesto, reprimiéndome, que aún no soy tan vieja, para tener que dedicarme a esas actividades celestinescas. Que tengo todos los dientes y muelas, a excepción de los que se me cayeron.
Le pido que espere, mientras salgo a encender la vela, que le contaré mis cuitas, como al gran “remediador” que es.
(Sigue)

elena clásica dijo...

Me ha encantado el aspecto teatral que introduce Cervantes en su técnica narrativa y cómo anticipa caminos teatrales.
Los comentarios del narrador son siempre impagables, Cide Hamete se estaba relamiendo y así entra en escena. Fantástica imagen.

Espero que vaya todo bien. Besazos.

Abejita de la Vega dijo...

No sé si me remediará, que mi don Quijote, lo sé, tiene muy mala opinión sobre nosotras, las vituperadas dueñas. Impertinentes, fruncidas, melindrosas, inútiles para el humano regalo…eso es lo que opinan por ahí.

Si para tan poco servimos ¿por qué no colocan una dueña de bulto, una estatua, en sus salas, para dar autoridad? Labrar y callar.

Cuando vuelvo al aposento, con la vela, encuentro levantado al arañado caballero. No me parece “honesta señal” el verlo levantado, temo por mi seguridad y así se lo hago saber.

Me responde, irritado, que él mismo se pregunta si está seguro, si no corre el riesgo de ser”acometido y forzado”. ¿Un varón hablando como una indefensa doncellita?

Le pregunto a quién pide esa seguridad, Me contesta que es a mí a quién la demanda, porque ni él es de bronce, ni yo soy de mármol. Es más de medianoche y estamos en una estancia cerrada.

Pero, al fin, confía en su “continencia y recato”, así como en mis “reverendísimas tocas”.

En esto, inicia una singular ceremonia. Ambos besamos nuestra mano derecha para, a continuación, asir la del otro. ¡Si alguien nos viera de esta guisa!

Mi recatadísimo caballero se entra en el lecho, se acurruca y se cubre hasta el cuello. Yo me siento en una silla algo desviada de la cama, por si acaso...es un hombre, al fin y al cabo.

Nos sosegamos y me da licencia para contar mis cuitas. Me asegura que me escuchará con “castos oídos” y me socorrerá con “piadosas obras”. Así lo creo y comienzo con lo mío. Desbucho:
(Sigue)

Antonio Aguilera dijo...

Con leer las dos primeras frases de este capítulo, ya nos hacemos una idea de que a Cervantes, el día que lo escribió, no le dolían los huesos, y aún menos las muelas. Porque cuando se tiene alguna dolencia se pierde el buen humor y no se tienen ganas de bromas y “cachondeo”.

Opinen ustedes si don Cervantes estaba sano y de buen humor ese día, o no: “Además estaba mohíno y malencólico el malferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato; desdichas anejas a la andante caballería” (en el día a día, muchos somos los que nos vemos asaltados por ¡tantas desdichas anejas a nuestra particular “andante caballería”!: hasta la muerte se cruzará algún día en nuestro camino).

Media docena de días estuvo nuestro don Quijote sin lucir palmito en sociedad, hasta que se vio algo decente para ponerse delante de los duques; ¡maldito felino destripanarices! que le había ocasionado semejante estropicio. Pues una de las noches de esos seis días en que estuvo nuestro caballero convaleciente, se encontraba en vela pero sin vela, dándole vueltas a sus pensamientos hasta que los dejaba romos y sin lugar por donde asirlos.

De repente escuchó que alguien trasteaba la cerradura de su aposento, e imaginó que sería de nuevo la “Lolita” Altisidora que, como se derretía por sus compactos aunque luengos huesos, venía a ponerle en tentación de probar el tierno bocado que le llevaría derecho a la perdición (aunque al resto de varones les supiese a gloria).

-“¡No!” gritó aterrado don Quijote, decidiéndose mentalmente por su Dulcinea frente a una hipotética Altisidora.

Pero el grito de la que allí entró no fue menos terrorífico…

-“¡Jesús! ¡Qué es lo que veo?”

…al descubrir a don Quijote envuelto, cual fantasma, en una sábana, con un estrafalario gorro en la cabeza y el rostro vendado por los rasguños y brutal mordisco en la nariz del felino que osó (o mejor, gatuneó) hacer frente a nuestro insigne caballero andante

Resultó no ser la joven Altisidora, sino la vieja dueña doña Rodríguez que a tratar un negocio (a tomarle el pelo con una nueva farsa) con don Quijote venía.

Al reconocerse mutuamente hidalgo y dueña, desconfiaron uno del otro, por ser noche cerrada y hallarse en habitáculo donde no sólo se ejerce la función de “planchar la oreja”, sino que a veces, y por imperativo de la madre naturaleza, se le da rienda suelta a los mecanismos que desencadenan, al cabo de nueve meses, en un nuevo ser.

SIGUE...

Antonio Aguilera dijo...

Y, para determinar el grado de unas y otras intenciones, se hablaron de la siguiente manera:

-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.


-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.


-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.


-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido.

Finalmente, quedaron ambos tranquilos por la ausencia de agresividad en sus intenciones.

La dueña doña Rodríguez explicó a don Quijote el motivo de su visita (aunque no le dijo que venía a reírse a su costa, claro), que no era otro que pedirle justicia para una hija suya de dieciséis años (Cervantes flipa por estas jovencitas) la cual, había sido agraviada por un joven y rico labrador. Porque habiéndole prometido matrimonio a la mozuela, creándole falsas expectativas, luego faltó a la palabra y promesa dada. ¿Y quién mejor que don Quijote para “desfacer” entuertos y socorrer a las menesterosas jovenzuelas o viudas? Siendo éste es el slogan de los caballeros andantes, había acudido a la persona adecuada.

Estando ambos ocupados en las pláticas referidas, irrumpieron violentamente en la estancia una banda de maltratadores, los cuales sujetando por el cuello a la dueña doña Rodríguez le levantaron las enaguas y arrearon en sus posaderas una tunda de azotes, que don Quijote escuchó pero no vio porque la vela que les iluminaba cayó al suelo y se apagó. Tampoco se atrevía don Quijote a interrumpir el azotamiento, no fuera a ser que se convirtiera en candidato seguro del instrumento de suplicio. En callando el látigo se hizo algo de silencio; pero no la acción, porque los maleantes se dirigieron hacia don Quijote, y despojándole del “sabanajo” que le cubría dieron en sus pocas carnes tal cantidad de pellizcos que de su nuevo color no tendría una mora madura ninguna envidia.

Con la escena de los pellizcos acaba este capítulo. Capítulo, como casi todos desde que don Quijote y Sancho se encuentran en la casa de los duques, en los que Cervantes nos crea los textos perfectos para que los lectores soñemos las imágenes que a una completa representación teatral pudieran corresponder. Esto es, teatro dentro de la novela, el único hueco que Lope, tan de moda en aquellos tiempos, deja a Cervantes para desarrollar este género, pero buen partido que le saca el complutense y cosmopolita escritor.

Abejita de la Vega dijo...

Comienzo presumiendo de mi limpio linaje procedente de las Asturias de Oviedo. Así es aunque me veáis en hábito de asendereada dueña, en el reino de Aragón.

Ocurrió que mis padres empobrecieron y me trajeron a la corte, de Madrid, donde me acomodaron como doncella de labor de una principal señora. Nadie como yo para hacer “vainillas y labor blanca”. Todo el día de Dios sacando hilos…

Pronto fui una criadita huérfana, sometida a un duro trato y a un mísero salario. En ese tiempo se enamoró de mí un escudero de casa, hidalgo como montañés que era y ya mayorcito. Tras tratarnos secretamente, nos casamos católicamente. Nació mi hija y, poco tiempo después, murió mi esposo a consecuencia de un desgraciado accidente. Lloro recordando mi desgracia.

Mi montañés era el que llevaba a mi señora a las ancas de una negrísima mula, por las calles madrileñas. Pero un día, mi señora, doña Casilda le clavó un alfiler en todos los lomos, por empeñarse en dar la vuelta, sin su permiso, para acompañar a un alcalde de corte, el cual venía en dirección contraria. El sobresalto fue tan grande que dio con la de las ancas en el suelo, tras el aguijonazo.

Su excesiva cortesía fue divulgada y comentada con muchas risas, incluso los muchachos se burlaban de él. Por esto y por corto de vista, mi ama, Casilda, la que no era duquesa, lo despidió y, al poco tiempo, murió de pesar.

En la anterior visita a vuestra merced, mujer amanuense, convertí a mi difunto en soldado caído, en los Viejos Tercios. Ruegole perdone mi falta, quedaba más heroico morir al servicio del Emperador que hacerlo de pesadumbre, sin ocupación y siendo el hazmerreír de la chiquillería.

Abejita de la Vega dijo...

Quedé viuda desamparada y con una hija, de creciente hermosura. Mi señora, la duquesa, esta sí lo era, me llevó consigo a este reino de Aragón, movida por mi buena fama como costurera. Aquí creció mi hija con sus donaires: canta, danza, baila, lee, escribe, cuenta y más limpia, no la hay. Dieciséis años, cinco meses, tres días…creo que tiene. Soy precisa, incluso, en la inseguridad.

¿Qué pasó con mi bella niña? Pasó que un labrador riquísimo se enamoró de ella, la burló y faltó a su promesa de matrimonio. No sé dónde estaría yo cuando se juntaron...pero lo hicieron.

Mi señor, el duque, lo sabe puesto que me he quejado a él, muchas veces. Sólo le pido que le mande casarse con mi niña. Pero “hace orejas de mercader”, que el padre del burlador le presta dineros y es fiador de sus trampas. Incluso los grandes se endeudan…

Después de este relato, pido al caballero andante, aunque malherido y rasguñado, que deshaga el agravio, con ruegos o con armas. Enderezar tuertos, amparar a los miserables, para eso está la caballería andante. Si lo dicen los libros ¿quién va a dudar de que sea así? Huérfana es mi hija, ha de ampararla.

Le hago saber que de cuantas doncellas tiene la duquesa, no hay ninguna que le llegue a la suela de su zapato.
(Sigue)

Abejita de la Vega dijo...

Quiero que don Quijote sepa que” no es todo oro lo que reluce”. Le advierto que esa Altisidorilla es más presumida que hermosa, demasiado desenvuelta, poco recatada y no muy sana. Que ese aliento insufrible, de alguna enfermedad nace.

Y reconozco que soy demasiado atrevida. Aunque las paredes oyen, ahora le toca el turno a la duquesa. Don Quijote, sorprendido, me pregunta qué tiene la señora duquesa, por vida suya.

Y no me puedo callar. La hermosura duquesil, su tez tersa, sus mejillas de leche y carmín, su gallardía. ¿A quién se lo tiene que agradecer? Primero a Dios y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde desagua los malos humores. Humores de los que está llena. Menudo trabajo el del cirujano con su lanceta.
Don Quijote pregunta si es posible que la señora tenga “tales desaguaderos”. Lo cree, porque lo digo yo. Pero me corrige, tales fuentes, en tales lugares, en tal señora…no pueden manar humor sino ámbar líquido.

De repente, se abren de golpe las puertas del aposento. Se me cae la vela y quedamos a oscuras. Entran varias personas. Mientras uno me agarra la garganta, otro me alza las faldas y con un objeto duro se pone a darme muchos y dolorosos azotes, dejándome las posaderas en carne viva. Ay, bien conozco esas manos que se vengan de mi indiscreción. Ay, que se me ha olvidado mi humilde condición, perdón, perdón.

Don Quijote no entiende aquello y permanece mudo, en el lecho. Oye mis lamentos y teme que vayan a por él. Y, así es, porque en cuanto acaban de molerme, le destapan y le pellizcan, aunque él se defiende a puñadas. Cuando se van las fantasmas, recojo mis faldas y salgo del aposento, gimiendo mi desgracia. Dejo solo a mi caballero dolorido que, tal vez, esté pensando en algún perverso encantador. Sí, sí, encantador. Encantadoras…
Desaparezco...

Un abrazo a todos de María Ángeles Merino.

marga dijo...

Espero que todo te vaya bién, Pedro.

TÍTULO DEL CAPITULO: VAYA PAREJA DE DOS!!!!
PERSONAJES TERRORIFICOS:
- DQ: Envuelto en una colcha amarilla, con el rostro y los bigotes vendados.
- La dueña: Toca blanca hasta el suelo, gafas y una vela en las manos.
- Una fuerza desconocida que se dedica a atizar estacazos.

EL ARGUMENTO:
- Tras mutuas desconfianzas, ambos creeen en peligro su honestidad !inocentes!
- La dueña pide ayuda a DQ para que el novio de su hija cumpla su palabra
- La dueña, dueña al fín, se va de la lengüa y cuenta los trapos sucios de su señora (no hay nada nuevo bajo el sol)
- Ni resolución judicial ni puñetas, aquí la indiscreción se purga con azotes por doquier.

EL PUBLICO
- Hasta Cide Hamete daría el alma por ver la pinta de los dos ínclitos. Yo también.

CONTINUARÁ:
- Corridos, se retiran los dos personajes y se dejan paso al siguiente capítulo.

BIPOLAR dijo...

Cómico y visual.

Tiene cada ocurrencia Cervantes, lo que menos se imagina uno es que entren en su cuarto a pellizcarle.

La expresión de Cide Hamete es de nota.