jueves, 23 de septiembre de 2010

De cerdos y trogloditas (Cap. 2.68)


La aventura de los cerdos -que, como veremos el lunes, deja un rastro muy útil para comprender el proceso de escritura de Cervantes y los cambios que introdujo en su novela a partir del conocimiento de la continuación de Avellaneda, tan presente en la parte final del Quijote- supone un brutal contraste con el sueño pastoril de don Quijote.

En efecto, la elevada ilusión por la que el protagonista quiere sustituir la imitación paródica de un mundo ideal -el caballeresco- por otro -el pastoril- para llenar la espera obligada de un año por su derrota supone un canto del cisne: sabiendo que no puede llevar más lejos su fantasía porque la realidad se ha empeñado en imponérsele -incluso en la forma de Tosilos, como hemos visto-, pretende alargar la esperanza como forma de continuar en un juego en el que le va la vida.

El proceso de ruptura, que nos muestra la quiebra de la esperanza, se manifiesta cuando se vuelve a poner de relieve la diferente actitud de amo y criado, ahora frente al sueño: aquel no puede conciliarlo, éste sin problemas. Sin duda, desanimado ante el poco eco que su ficción pastoril ha tenido en Sancho, lo despierta y le vuelve a pedir que se azote a cuenta del desencantamiento de Dulcinea.

Ya hemos visto que don Quijote suele castigar de dos formas a su criado: directa, con agresiones verbales y físicas, cuando explota de cólera -pero que, con el descenso de vigor de don Quijote, son cada vez menores: de hecho, en esta ocasión no llega a las manos porque recuerda expresamente que el mozo lo había vencido en una situación similar, poco antes-; indirecta, con situaciones como la presente, aquí despertándolo y recordándole un compromiso que, en el fondo, es un castigo porque don Quijote se sabe engañado por Sancho en lo tocante al encantamiento de Dulcinea al inicio de la Segunda parte, que se convertirá en un motivo de referencia continua en el texto restante. Sancho, como sucede cada vez con más frecuencia en la segunda parte, sorprende a don Quijote con una reflexión filosófica entreverada de sentido común que desarma el argumento del caballero y que éste no duda en adjudicar a su influencia, quizá para atemperar su derrota verbal.

Es justo en este momento cuando son atropellados, amo, criado, Rocinante y rucio, por una piara de cerdos que los maltratan. No puede llegar más bajo don Quijote: ni siquiera cuando es atropellado por toros, momento equivalente, puesto que el toro es considerado un animal bravo y noble y el cerdo inmundo. Supone, por lo tanto, el remate de la derrota, objetivado con la actitud pasiva de don Quijote, que ni confunde a los cerdos con seres de la ficción caballeresca ni tiene tentación de vengarse (Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen avispas y le hollen puercos), en contraste con lo que intenta hacer Sancho y con su rebelión frente al destino que le ha deparado la unión con el amo de una forma inteligentemente contraria a las normas sociales convencionales del momento (También debe de ser castigo del cielo -respondió Sancho- que a los escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y les embista la hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generación; pero, ¿qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?).

La situación posterior constata tanto la muy diversa actitud de amo y criado (aquel vela, éste vuelve a dormirse a pesar de lo que acaba de pasar) como lo falso de la ficción pastoril, puesto que el canto de don Quijote no puede esconder ya la amargura de su fracaso.

Esta misma sensación acompaña el apresamiento de don Quijote y Sancho por gente de los Duques, que obligan a ambos a retornar a una casa en la que sirvieron de bufones cuando se encontraban en el apogeo de su fama. Lo extravagante de la situación se pone de manifiesto en las acusaciones que les lanzan, con palabras que el bueno de Sancho no comprende y traduce de forma popular (trogloditas-tortolitas; bárbaros-barberos; antropófagos-estropajos; escitas-perritas), como si al volver al palacio de los duques hubiera dado varios pasos atrás en su evolución, un viaje de regreso a sí mismo motivado quizá por el miedo y la sorpresa.

Por de pronto, dejamos el ánimo de don Quijote y Sancho suspenso y atemorizado al comprobar que las (falsas) cortesías que se les deparaba antes en la casa de los Duques se han tornado ahora amenazas, quizá no menos falsas. Lo veremos al comentar el capítulo LXIX, el próximo jueves.

21 comentarios:

pancho dijo...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. CAPÍTULO 2.68

Este capítulo es otra nueva manifestación de que Cervantes tenía en su cabeza de escritor el arte de hacer novelas. En su afán de no permitir que sus lectores se acomoden, etiqueten la lectura, nos vuelve a sorprender con su juego de contrastes, llevando a los protagonistas, a nosotros con ellos, de la pastoril ensoñación de la Arcadia feliz a un nuevo atropello de otros animales sólo “inmundos”, ya no “inmundos y soeces” como en el anterior atropello de los toros bravos. De la luz del día a la oscuridad de dos noches consecutivas en las que transcurre todo el capítulo. La transición de una noche a otra la hace el narrador en una sola frase: “…volvieron los dos a su comenzado camino, y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diez hombres…”, como si a las aventuras del camino les molestara la luz del día.

Si en el capítulo anterior hablábamos de la importancia de los diálogos con una presencia casi imperceptible del narrador, en éste prosiguen los mismos pero es su presencia la que toma la iniciativa del relato, toma la palabra para, entre otras cosas, narrarnos con precisión y detalle el atropello. Luego, el diálogo desaparece en el suceso del rapto debido al silencio impuesto por los raptores a los secuestrados, convirtiendo los diálogos en intentos de monólogos al no haber posibilidad de respuesta al mensaje.

DQ vela, S duerme, el amo vigila el descanso del escudero al tiempo que compone versos en los que incide en sus ansias de permanencia, en borrarse del silencio del olvido. Versos que declaran lo más íntimo del espíritu quijotesco. En verso, lenguaje natural que sale de lo más profundo del espíritu. En verso descubre los abismos de su locura – gracias don Miguel de Unamuno - .

En efecto, los planes para llenar de contenido el año de retiro en la aldea desvelan a DQ. Tampoco quiere que S duerma; la serenidad y soledad de la noche le empujan a despertarle y proponerle que aproveche para darse unos trescientos o cuatrocientos azotes a cuenta de los miles. S le responde que su compromiso no ha llegado aún al punto místico de confundir el dolor con la música celestial. S sabe que tiene un año de plazo para cumplir el castigo. Su amo no podrá hacer efectiva la nueva promesa de un condado hasta después del retiro. A DQ le parece tan elegante la disertación que S hace sobre los beneficios del sueño que la firmaría como propia de sus momentos más inspirados.

“Un sordo estruendo y un áspero ruido” en la oscuridad de la noche los alerta. DQ “puso mano a la espada” (¿No estaba desarmado?). S pone a su rucio de parapeto. Les pasa por encima una piara de seiscientos cerdos, inmundos animales, que llevan deprisa a la feria. Sorprende la reacción de los sufridores, mientras S pide la espada del amo para liarse a mandobles con media docena de animales, DQ, pisoteado, le pide calma: “que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen avispas y le hollen puercos”. Nada que ver con: “¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera”, pronunciado por el hidalgo en el atropello anterior de los toros.

pancho dijo...

A S no le parece justo merecer la misma suerte que el amo y se va a dormir lo que queda de la noche. DQ entretiene su desvelo con un madrigal, unos versos que abundan en el tema de la muerte como liberación. La vida como un continuo morir. La muerte que torna en vida, ansias de pervivencia más allá del deceso. Aspiración quijotesca también recogida por Unamuno, de manera a veces obsesiva, en su obra.

Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída,
la que conmigo muerte y vida trata!

Versos que le salen a DQ de lo más profundo de la derrota y ausencia de su amada.

Madrugó S esa mañana (pero la madrugá del cabrero; le daban los rayos del sol en la cara y creía que era el lucero) y se echaron de nuevo al camino sin que nada digno de ser contado les sucediese hasta que, al oscurecer, las siluetas recortadas de “diez hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie” armados, les salen al encuentro. Los arrestan y en silencio, sólo roto por insultos no usuales que les meten el miedo en el cuerpo, los conducen al castillo de los duques una hora después del oscurecer. Unas reformas no impiden que reconozcan el patio, lo cual les redobla el temor de cuyas causas sabremos en la próxima ocasión.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

No si yo ya imaginaba que los cerdos eran de varias especies...¡cuanto hubo de correr Cervantes! para por un lado que no le plagiaran la obra y además poder vivir su victoria...un abrazo

Abejita de la Vega dijo...

Es de noche, la luna está pero no la ven. En la negrura de la noche, Sancho duerme toda la noche de un tirón, mientras don Quijote se conforma con un breve primer sueño. Desvelado por sus “cuidados”, despierta al plácido durmiente, para reprocharle que no comparta penas y sentimientos.

¿De mármol? ¿De bronce? Esto no puede ser. Si don Quijote vela, Sancho duerme. Si llora, él canta. Si ayuna, él se cansa de hartura. Tras los reproches, le ruega que se dé trescientos o cuatrocientos azotes a cuenta de los del desencanto de Dulcinea, mas ha de hacerlo con una sonrisa agradecida en la boca. Se lo suplica, sin usar la fuerza de los brazos. Ya pudo comprobar que los del escudero son más fuertes.

Tras la tunda, cantarán, a dúo, ausencias y firmezas, durante toda la noche, tal y como suelen hacer en las pastoriles Arcadias. Sancho protesta, vea vuestra merced que no hay ganas de cantar, después de zurrarse en los lomos, con unas disciplinas de esas que usan los frailes. Don Quijote ha de permitirle dormir y no apretarlo en lo de azotarse. Que, si se pone pesado, se lo hará jurar: no le tocará pelo alguno, ni del sayo ni del cuerpo.

Tanta insolencia hace explotar a don Quijote. Un desagradecido, de alma endurecida, que comió de su pan y llegó, gracias a él, ni más ni menos que a gobernador. Y que, en cuanto pase un añito y se disipen las tinieblas, podría ser conde…

“Esperanzas propincuas”, “«post tenebras spero lucem”… no entiende Sancho esas palabras, Tan sólo sabe, y así lo expresa, que el sueño disuelve el miedo y todo lo demás, lo bueno y lo malo. Manjar, agua, fuego, frío, moneda y balanza que a todos nos iguala; todo eso y mucho más puede ser el sueño. Sólo le afea su semejanza con la muerte.

¡Cuántas discreciones salen de la boca de Sancho! ¡Qué elegantes palabras! Don Quijote, orgulloso de su aplicado discípulo, encaja un refrán: “«No con quien naces, sino con quien paces ».
Acaba de hacer lo que tanto le recrimina ¿Quién aprende de quién?

El escudero protesta, “pesia tal”, a su señor amo, por ensartar sentencias. Y señala, con ironía, la diferencia: sus refranes acuden a deshora mientras que los de su señor llegan en el momento preciso. Pero que se entere este listillo de su amo: “todos son refranes”.

De pronto, se extiende un gran ruido por aquellos valles. Don Quijote pone mano a su espada y Sancho, temblón, se esconde debajo del rucio, parapetándose tras una barricada de armas y albarda.

El ruido va creciendo y está cada vez más cerca. Son gruñidos y bufidos de seiscientos cerdos que , van conducidos por unos hombres, a una feria. El marrano tropel sorprende a los dos y son pisoteados por tan inmundos animales. Todo y todos por el suelo: albarda, armas, rucio, Rocinante, caballero y escudero.

Sancho se levanta y tiene un inesperado gesto de valentía. Pide a su amo la espada para matar a media docenita de aquellos “señores y descomedidos puercos”. Sabe bien lo que son y don Quijote también. Y ahora no hay encantadores sino el castigo del cielo para un caballero andante vencido. Adivas, avispas, puercos…es lo que se merece.

Sancho razona que los escuderos no tienen culpa alguna y, sin embargo, sufren hambre, piojos, moscas…. No son hijos ni parientes de los caballeros andantes, nada tienen que ver Panzas con Quijotes.

Será mejor que duerman la poca noche que les queda.

(Sigue)

Myriam dijo...

A mi me impresionó como Cervantes plasma en este capítulo el abatimiento de DQ -su desesperanza y falta de fuerzas- por un lado, y por otro, como Sancho sorprende a Don Quijote con una reflexión filosófica entreverada de sentido común que desarma el argumento del caballero,

Myriam dijo...

Lo que dices de la regresión de Sancho, por miedo y sorpresa: Una vez más me sorprende la capacidad de Cervantes para comprender la naturaleza humana.


Abrazos a todos

Paco Cuesta dijo...

La fortaleza de don Quijote decrece en la proporción que aumenta la de Sancho, que cada vez se preocupa menos de cuanto sucede a su amo.

Cornelivs dijo...

En este capitulo 68 de la 2ª Parte sigue D. Quijote muy nervioso y preocupado y acosado por sus pensamientos, que “como moscas a la miel, le acudían y picaban” como se decia en el capitulo anterior; y hasta tal punto que no puede conciliar el sueño. Su mayor preocupación por ahora sigue siendo el desencanto de Dulcinea. Esta insistencia en tal desencantamiento de Dulcinea, en mi humilde opinión, me da a entender que D. Quijote no fue consciente –al menos, por ahora, que aún no ha recuperado el juicio- del engaño del “encantador” Sancho, lo mismo que no era consciente de haber sido objeto de burla por parte de los duques, como veremos al final de esta entrada.


Como siempre, D. Quijote vela y Sancho duerme. Ya en otras ocasiones, D. Quijote habia ensalzado el sueño profundo de Sancho, que duerme sin cuidado, como el que tiene la conciencia tranquila, sin preocupaciones ni cuidados. Pero la pasividad de Sancho, que no termina de darse los salvadores azotes que desencantarán a Dulcinea, enciende la cólera de D. Quijote, el cual no puede aguantar su soledad, despertando finalmente a Sancho de su sueño y echandoselo en cara:


-"Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres hecho de mármol o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien parecer siquiera…”


Triste y sin ánimo está D. Quijote; y yo añadiría que más: lo veo completamente descompuesto. No ordena a su escudero (como amo y señor suyo que es), sino que se rebajo a suplicarle, de una manera dulce, rogándoselo: ¿Qué ha sido de tu orgullo, Alonso Quijano? ¿Qué ha sido de su dignidad? ¿Desde cuando un caballero le suplica a su escudero?


-"Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trescientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos como la otra vez…”

Cornelivs dijo...

La contestación de Sancho es elegantísima, digna de alguien ilustrado, y desarma a D. Quijote, el cual no pudiendo convencer a Sancho, desiste de su propósito y empieza a decir refranes (“no con quien naces sino con quien paces”), con lo cual prosigue el proceso de sanchificación de D. Quijote y de quijotización de Sancho.


Y vienen los cerdos. Pisotean a D. Quijote y a Sancho, y a sus cabalgaduras. Que curioso y que simbólico es esto: un animal que según la tradición judeo-cristiana era impuro pisotea, nada mas y nada menos, que a la “flor y nata de la andante caballería”. ¡Pobre D. Quijote!” ¡Quien te ha visto y quien te ve! Su ánimo está tan descompuesto y tan por los suelos, que acepta el cerdoso pisoteo como ordenado por el destino, ni osa defenderse siquiera, bien al reves de lo que antes habia sucedido con las ovejas y con los toros:


—"Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas y le piquen avispas y le hollen puercos".


Y este es el único punto de la novela en el que Cornelivs se enoja con nuestro insigne novelista: podia haberse evitado el episodio de los puercos, en mi humilde opinión, no era necesario denigrar a D. Quijote hasta tal punto. Esta vez si que D. Miguel parece “padrastro” y no “padre” de D. Quijote. Aunque me consuela pensar que en este capitulo, quizás Cervantes quiso que D. Quijote tocara fondo, topandose con lo peor de lo peor: con cerdos de cuatro patas y cerdos de dos patas, de estos últimos hablaré inmediatamente.


Si, porque finalmente, vienen los hombres a caballo con lanzas y adargas y los atrapan. D. Quijote no osa defenderse: su animo esta muy quebrantado, y tanto que se queda “embelesado”, dice Cervantes, y parece resignado a aceptar su destino, pero muestra su sorpresa cuando comprueba que vuelve a casa de los duques que tan “bien” nos caen:


-“Sí, que en esta casa todo es cortesía y buen comedimiento; pero para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.”


Vuelve a demostrarnos Cervantes que D. Quijote no parece ser consciente de que los duques se han burlado de él (“que en esta casa todo es cortesía y buen comedimiento”). Bueno, ya veremos que desean los duques de nuestros protagonistas.


Saludos

Asun dijo...

Se ve cómo a don Quijote las fuerzan le flaquean cada vez más. Al ser arrollados por la piara, ni siquiera reacciona.

Yo que creía que ya nos habíamos deshecho de los duques, me he llevado un chasco cuando he visto quienes eran los que les habían apresado.

Ya veremos que pasa ahora.

Besos

Abejita de la Vega dijo...

Aunque don Quijote no desea dormir, anima a su escudero, para que lo haga. Si Sancho nació para dormir, él nació para velar. Y anuncia que va dedicar lo que falta para el día en cantar un “madrigalete”, compuesto por él mismo, para expresar sus pensamientos.

Sancho confunde madrigaletes con populares coplas, pobres en pensamientos. Ya puede coplear lo que quiera, que él dormirá a pierna suelta. Y así lo hace, bien acurrucado y sin preocupaciones.

Arrimado a un tronco de un árbol, suspirando y llorando, canta la alambicada y paradójica composición, que concluye con el vivir que le mata y la muerte que le da vida. La riega con muchas lágrimas, pues su corazón está doblemente traspasado: por su vencimiento y por la ausencia de Dulcinea.

Llega el día, los rayos del sol despiertan al dormilón. Se estira y mira cómo han dejado los malditos puercos el repuesto alimenticio de sus alforjas. Maldice a la marabunta porcina, con toda su alma.

Los dos vuelven al camino y, al caer la tarde, ven unos diez hombres a caballo y unos cinco a pie. Los dos corazones laten ahora más deprisa, con temor y aturdimiento, al ver lanzas y adargas, de nuevo. ¡Con lo tranquila que había sido la jornada!

Don Quijote se disculpa. Si su promesa no le hubiera atado las manos, se enfrentaría a esta “máquina” que se les echa encima.

Es lo que temían, los de a caballo rodean a don Quijote y le colocan sus amenazantes lanzas por delante y por detrás. Los de a pie se encargan de Sancho, Rocinante y el rucio.

Todos guardan gran silencio y cuando el caballero mueve apenas los labios para preguntar, se los cierran con los hierros de las lanzas. A Sancho le callan punzándole con un aguijón.

Es noche cerrada y cada vez tienen más miedo. Y mucho más cuando les dan órdenes llamándolos trogloditas, bárbaros, antropófagos, escitas, Polifemos y leones carniceros.

Sancho no entiende esos vituperios que interpreta a su manera: tortolitas, barberos, estropajos, perritas…Y no le gustan nada esos vocablos, a mal sitio les llevan, todo el mal les viene junto y ojalá acabase aquí.

Don Quijote tampoco saca nada en limpio de aquel discurso. Sospecha que no les espera nada bueno.

Llegan a un castillo bien conocido. ¡Es el de los duques de sus pecados!

Don Quijote recuerda que, en esa casa, todo era cortesía. Pero para los vencidos el bien en mal se torna.

Entran en el patio principal y lo ven tan bien aderezado que les admira pero…ahora el miedo es doble.

Un abrazo de María Ángeles Merino.

Abejita de la Vega dijo...
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Lola dijo...

¿sabes que? siempre leo dos veces estas entradas ¿porque? simplemente porque siempre dejo algo en el camino jejejeje. Un beso

Señor De la Vega dijo...

Si en el anterior capítulo, la poesía representada por la pastoril Arcadia es lugar común que persigue Cervantes y comparte con sus contemporáneos, y los Toros son donde fue pisoteado en buena lid por la Comedia Nueva, los Cerdos podrían representar imitadores y envidia hacia su arte. Así, ante estos últimos no vale enfrentarse sino con resignada paciencia y esperando que pasen, para después lavarse y perfumarse. Mal lo entiende el espíritu de Sancho también cervantino y que desea vengarse.

La triada de versos entre serventesio, cuarteta y seguidilla, es trágico y bello, adecuado tanto a autor como a cantante:
-Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;

mas, en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza y no le paso.

Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída,
la que conmigo muerte y vida trata!


La caída de nuevo en las manos omnipresentes de los Duques, representaría a los todopoderosos lectores, que solo querían entender sus personajes y sus cuentos con el afán de entretenerse y divertirse, así donde el autor escribió sobre el barbero y su estropajo, cual si fuesen palomitas, querrá ver el ligero lector, un bárbaro antropófago devorando trogloditas.

Suyo, Z+-----

Antonio Aguilera dijo...

Consternados los lectores por la humillación que la caterva gruñidora infringe a don Quijote:"puercamente" trata aquí Cervantes a su, hasta ahora, héroe andante.

A las 18:18 empiezo (intentaré) escribir algo...., más; por revulsivos lugares

Jan Puerta dijo...

Las derrotas y las burlas abaten. La desesperación de quien se siente vencido y burlado, aun más.
Un abrazo

Antonio Aguilera dijo...

CAP 2.68 Don Quijote, leña del árbol caído.

De “cerdosa aventura” califica Cide Hamete la que sucede en el presente capítulo.

Más apropiado sería declararla como “puerca desventura”, pues lo que sucedió a don Quijote no se le desea como maldición ni al peor enemigo. “Comido de lobos…” deseó don Quijote a Sancho por no azotar sus enjundiosas carnes; “atropellado de puercos” acabó don Quijote, que no es situación más benévola que la deseada a Sancho. ¿Por qué se ensaña Cervantes con su criatura? ¿Por qué quiere hacer leña del árbol caído?

“Era la noche algo escura...”, aunque había luna en el cielo, porque la señora Diana se había “pirao de botellón”, dado que la suavidad de la noche invitaba a pasarla de “fiestorro” con los otros crápulas demiurgos. Don Quijote durmió poco tiempo, y contemplaba cómo Sancho hacía vibrar los carrillos de la cara al expulsar las exhalaciones de sus ronquidos.

Don Quijote, no pudiendo soportar más aquellos soporíferos bramidos que producía Sancho al dormir, se decidió por despertarlo y darle el sermón de la, todavía no llegada, mañana: “Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea.

Llegándole a rogar incluso (reconversión innecesaria: Dulcinea-labradora más adecuada para el pastoreo que Dulcinea-pija de la jet):” y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez, porque sé que los tienes pesados

Un señor hidalgo, como don Quijote lo era, pidiendo mercedes a su sirviente. ¡Cómo han cambiado los tiempos! Antaño, en la Primera Parte, el amo propinaba algún que otro palitrocazo y coscorrón a Sancho. Ahora reconoce la superioridad de los brazos de su exescudero (siendo él ahora excaballero andante), porque fue vencido de ellos comprobando que los tiene “pesados”.

Le reprocha don Quijote a Sancho que sea tan desagradecido , con la de favores que de él había recibido: “Por mí te has visto gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde, o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero luce” (Bonito “palabro” este de “propincua”)

Antonio Aguilera dijo...
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Antonio Aguilera dijo...

Le responde Sancho que no entiende el latinajo; tras lo cual compone y trasmite una loa al sueño que deja perplejo al amo: “sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.” (la viva imagen de la muerte hemos visto todos, a veces, en quien duerme).

Ni don Quijote en sus mejores momentos de retórica oratoria, tal vez, no igualara la altura léxica y metafórica que Sancho aquí derrama. “No con quien naces, sino con quien paces”, añadió don Quijote, para anotarse un tanto y salir airoso del lance al que Sancho le había llevado.

“En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido….” (yo diría sonoro o ensordecedor estruendo, que supongo quiere decir la expresión), cuando se les acercó una piara de más de seiscientos que a una feria de ganados llevaban a vender, arrollándolos y pisoteándolos desaforadamente, sin respetar la autoridad de don Quijote ni la sencillez de Sancho; que El Cerdo no respeta ni a nobles ni a plebeyos.

Castigo de Dios (como le pasó a María de la O), pensó don Quijote que fue aquel porcino atropello; pues a un caballero andante vencido es normal se le presenten y padezca todas las desgracias de La Tierra y del empíreo.

Finalmente fueron apresados amo y criado por una troupe que los condujo hacia un castillo conocido por ellos

Antonio Aguilera dijo...
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BIPOLAR dijo...

a pesar del hedor de la piara

(y a los extraterrestes que invaden el escenario al final del capítulo, cosas del autor)

sólo tengo ojos para el poema que a mí se me representa el mejor de esta obra hasta el momento.

es diáfano. asoma Cervantes.