jueves, 14 de octubre de 2010

El precio de los azotes (2.71)


Era necesario rematar la historia de los azotes -y, en consecuencia, el desencantamiento de Dulcinea- antes del regreso a la aldea, inteligentemente anunciada en el capítulo, que supone el broche perfecto a este motivo, uno de los que han vertebrado la segunda parte desde que Sancho hubo de mentir para encubrir otra mentira de su anterior salida. Este motivo es también, de entre todos los de la novela, uno de los que mejor han ejemplificado la cambiante relación entre amo y criado: como hemos visto, desde que Sancho fue enviado a llevar la famosa carta de amor a Dulcinea cuando su amo quedó haciendo locuras en la sierra, hay una pugna silenciosa entre los dos que pone de manifiesto que ambos se conocen, aprenden uno del otro y rivalizan en un ingenioso combate para ver quién de los dos gana al otro en este enredo de medias verdades y falsedades descaradas que se teje en torno a la figura de Aldonza-Dulcinea y en el que intervienen para su propio divertimiento los Duques, enredándolo todo. El cierre del motivo era una necesidad argumental, pero también de la forma en la que están construidos los caracteres de D. Quijote y Sancho.

Don Quijote toma al vuelo la queja de Sancho: ser el médico de las doncellas encantadas y aparentemente muertas no le ha reportado nada más que problemas con su amo y molestias continuas. Además, la interesada Altisidora no ha cumplido su palabra de recompensarlo por haberla resucitado sufriendo mamonas y pellizcos. Don Quijote se da cuenta de que, lo que no consiguió a la fuerza ni con ruegos, puede lograrlo por la avaricia de Sancho y le pide que ponga precio a sus azotes (es decir, a su propio castigo por la mentira a las afueras de El Toboso) y se sirva del dinero que lleva en su poder (con lo que se da un uso peculiar al dinero restante de la cantidad que Don Quijote tuvo a bien llevar en esta tercera salida -recordemos el consejo del ventero en la primera). Sancho, tras un divertido cálculo -procendente de las narraciones folclóricas en fondo y forma-, se pone precio: 825 reales, aumentado en 100 por Don Quijote para que comience lo antes posible.

Observemos, con calma, la perversión del precio: por una parte, cifrar en una cantidad de dinero -a cuartillo el azote, luego doblado- la salvación de una doncella desmorona la bondad del recurso. El mismo Don Quijote muestra cierto escrúpulo inicial en la propuesta (no sé si vendrá bien con la cura la paga) para darse cuenta, en seguida, de que es la única forma de que Sancho proceda a azotarse, más aun porque la historia -y, con ella, el juego- se acaba. Por otra, el mismo Sancho, que sabe la verdad del asunto, pone tasa a su propia penitencia.

Ya sabemos que tampoco Don Quijote saldrá triunfante de este intento: Sancho lo engaña al darse cuenta del dolor que sufre tras azotarse un tiempo y golpea, en vez de sus posaderas, los árboles hasta descortezarlos. Lo importante es lo que sucede tras el nuevo engaño de Sancho, que se comporta con argucia de pícaro: Don Quijote -que tantas veces había golpeado su criado-, se apiada y termina deteniendo lo que él piensa ser un castigo excesivo para el engaño del mozo (el uso expreso de la palabra burla, en este contexto, aclara tanto la perspectiva de Sancho como la de Don Quijote puesto que ambos saben la verdad de lo acontecido) y, finalmente, renuncia de facto a llevar más allá su pretensión al posponerlo de tal forma que hará imposible cumplir el pacto (lo hemos de guardar para nuestra aldea).

La llegada a la venta refuerza lo que hemos percibido en el camino de regreso: por una parte, el final de la aventura, que se anuncia definitivamente al aclarar que Don Quijote tiene ya más juicio porque no confunde la venta con un castillo -cosa que sucedía desde mucho antes-; por otra, un nuevo ataque contra Avellaneda. En efecto, la contemplación de una tosca representación del robo de Elena y otra de la historia de Dido y Eneas -curioso testimonio de la popularización de temas clásicos- le sirve a Cervantes para varias cosas: en primer lugar, dar una vuelta más a la historia de Altisidora; pero, singularmente, para resaltar que si a su propio texto le espera la popularidad (-Yo apostaré -dijo Sancho- que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón,  venta ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas), al de Avellaneda, el olvido puesto que pintó o escribió lo que saliere.

Veremos, el próximo jueves, qué les depara a nuestros protagonistas el capítulo LXXII.

23 comentarios:

pancho dijo...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA 2.71

S abre y cierra un diálogo entre los dos protagonistas que abarca todo el relato. El comienzo es un lamento de que la virtud que posee de resucitar doncellas no le dé suficiente para comer; el final, una promesa de ser comedido con los refranes.

Si juntáramos diálogo, camino, azotes, desencantamiento y mesón que no es castillo, estaríamos dando las claves de este capítulo esencial para el avance definitivo, hasta el desenlace de la novela. De él dice don Miguel de Unamuno que los azotes a cambio de dinero suponen un nuevo engaño al escudero y a la clase obrera que representa, un camino viciado: le pagan para que no se rebele y encima tenga que agradecer las tandas de azotes que le permiten seguir viviendo. Añade: “Así se azota Sancho con el mismo empeño con que desenchinarran calles esos desgraciados a los que en los meses de invierno, cuando escasean azotes, les mandan los municipios a desenchinarrar calles para volverlas a enchinarrar y con ello justificar la limosna vergonzante que se les reparte”.

pancho dijo...

Como S piensa que su amo está en buena disposición, le pide aumento. DQ le dobla la oferta. “¡A la mano de Dios, y lluevan azotes!” que S se propina con tal fuerza que pela la corteza de las hayas de tanta rigurosidad que se impone en el castigo. El disciplinante no acepta la propuesta de pausa que le hace su amo al llegar a los mil azotes, temeroso de que la piel de su escudero no aguante la severidad del castigo. S prefiere terminar el martirio con dos tandas más.

No le debían de restar más que el pico de los tres mil. Descortezados a latigazos la mayoría de los árboles en la vecindad, DQ le detiene, asustado de la saña que su ayudante emplea en la disciplina. Tapa a S con su ropa que duerme lo que queda de la noche. Al amanecer emprenden el camino. La sala baja de un mesón, adornada con tapices de baja calidad, les sirve de aposento. La mala calidad de los tapices lleva a S a predecir que no a mucho tardar, ellos y sus aventuras serán los motivos de los tapices que adornen las paredes de las ventas y barberías del país. Ya se encargará él en persona de que el pintor no sea tan malo como el escritor de las aventuras falsas que tanto le maltratan.
Seguramente DQ es consciente de que la austeridad del camino tiene poco que ofrecer a la dama, en caso de que S termine su disciplina. Por eso le propone a S que deje el resto de la faena para cuando lleguen a la aldea. El ayudante acepta, a pesar de que hubiera preferido acabar antes de llegar, ahora que le había tomado el pulso y el gusto a descortezar árboles con el ramal de su rucio.

El capítulo se despide con la promesa del escudero de aceptar la recomendación de su amo de contar sus cosas a lo llano, sin necesidad de recurrir al “sicut erat”, a la prehistoria del asunto.

Myriam dijo...

Me gusta como DQ trata de comprar a SANCHO para que se azote, pero también lo cuida de que no se de tanto, que pierda la vida.

Me gustan las dotes teatrales de SANCHO que descascara árboles y grita como un marrano.

Me gusta, eso de este gallo es gallo, jajajajaja.

Y por último, me gustan las dotes de Cervantes para preveer el futuro de su Obra Maestra.

Myriam dijo...

PD- El juego de medias verdades y mentiras entre DQ y S, con todas las burlas, ambiguedades y etcs de que hablas, es muy interesante porque es algo que se da en las relaciones humanas.

Asun dijo...

Se ve en este capítulo el juego verbal que se traen entre amo y escudero, las cosas dadas por sabidas, las verdades a medias y la forma de seguir el juego al otro sin destapar la verdad.

Me ha encantado cómo Sancho hace el paripé de los azotes descortezando los árboles.

Besos

Merche Pallarés dijo...

Simpático capítulo, especialmente el pícaro Sancho azotando a los árboles... Besotes quijotescos, M.

Cornelivs dijo...

Crei haber dejado mi comentario anoche aquí. Volveré a colocarlo.

Saludos.

Cornelivs dijo...

Este capitulo 71 de la 2ª Parte es breve pero sustancioso. D. Quijote sigue triste por su derrota, a manos del caballero de la Blanca Luna, pero contento porque tiene esperanza en la “virtud milagrosa” de las carnes de Sancho para resucitar doncellas y desencantar a princesas, en este caso, a Dulcinea.


Sancho iba de otro modo: enojado, porque la resucitada Altisidora no le habia dado las seis camisas que le prometió, y también porque la salud ajena le cuesta alfilerazos, mamonas y azotes. Casi anticipándose a su amo, o previendo que D. Quijote le volviera a insistir otra vez con el tema de los azotes, Sancho le dice que a partir de ahora “la virtud que tiene” costará dinero, no la dará gratis, porque “el abad, donde canta, yanta”.


D. Quijote hila rápido: ofrece pagarle por los azotes, a cuyo ofrecimiento “abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo y dio consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana”, no se nos olvide que Sancho era un poco codicioso. D. Quijote no anda fino en el trato: tanta es la prisa que tiene por ver a Dulcinea que no piensa en otra cosa que en verla desencantada, cueste lo que cueste (“el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte”), con lo cual Sancho consigue un trato muy ventajoso. Y Sancho exprime un poco más su astucia y su codicia, porque primero llega a un precio por azote, y vemos que cuando comienza azotarse, lo dobla. D. Quijte consiente y responde amén a todo.


Esta impaciencia de D. Quijote porque Sancho comenzase su disciplina y además, sin reparar en gastos –costase lo que costase-, me da a entender que D. Quijote jamas sospechó ni imaginó que el encantamiento de Dulcinea pudiera ser lo que fue: un vulgar embuste de Sancho. Pobre hidalgo manchego, que delicadamente engañado estuvo todo el tiempo.

Cornelivs dijo...

Ante la azotaina de Sancho, Cervantes nos muestra muy al vivo la actitud de D. Quijote, que inicialmente pide prudencia a su escudero con objeto de que este termine su disciplina bien y se consiga el resultado (que no queria quedarse sin escudero antes de lograrse el efecto deseado), pero Sancho se azota tan vehementemente que D. Quijote llega a asustarse, temiendo por la vida de Sancho, y veo en ello que D. Quijote siente aprecio hacia su escudero, y llega a impedir que prosiga con azotándose (“No permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto mío pierdas tú la vida que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere Dulcinea mejor coyuntura, que yo me contendré en los límites de la esperanza propincua y esperaré que cobres fuerzas nuevas, para que se concluya este negocio a gusto de todos.”)


Contrasta este desinterés del hidalgo con la codicia del escudero y con su malicia (azotar a los árboles en vez de azotarse el mismo), con lo cual engaña doblemente a nuestro vencido (y hundido moralmente) caballero andante


Finalmente llegan ambos protagonistas a la venta, en cuyas paredes hay pinturas de la guerra de Troya, parece que muy mal pintadas. Sancho dice que con el tiempo no habrá lugar donde no esté pintada la historia de sus hazañas, si bien le gustaria que fuese con pintor más diestro que el que pintó los decorados de la venta. Aprovecha Cervantes para comparar a ese mal pintor con el escritor apócrifo Avellaneda, asocia pintor con escritor (“que todo es uno”), y arremete de nuevo contra Avellaneda, comparándolo con Orbaneja, el famoso pintor de Ubeda que pintaba lo que saliere, y D. Quijote nos aclara que pintaba tan rematadamente mal que “Si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: «Este es gallo», porque no pensasen que era zorra.”

Paco Cuesta dijo...

Tan falsa es la existencia de la doncella como los azotes de Sancho, él lo sabe, don Quijote cree ambas cosas.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Me pareció el capítulo de una finura tremenda. Cada cual cae en su propia trampa... Uno consigue que al final reciba azotes, aunque sea por dinero, y el otro cree rentabilidad su mentira. Pero ni uno recibe, ni el otro pagará...saludos

Antonio Aguilera dijo...

Con los primeros azotes en sus fláccidas carnes, Sancho deduce que el precio acordado es insuficiente; que aquel dolor no tiene precio: por lo que se aplica a mondar árboles. Si al menos hubiesen sido alcornoques, se hubiera obtenido algún corcho para taponar un buen Rivera del Duero.

Entre locos anda el juego, a ver quién pega la mentira más gorda al otro. Interesante:"pugna silenciosa entre los dos que pone de manifiesto que ambos se conocen, aprenden uno del otro y rivalizan en un ingenioso combate para ver quién de los dos gana al otro en este enredo de medias verdades y falsedades descaradas que se teje en torno a la figura de Aldonza-Dulcinea" (P.O.E. dixit; y me gustó mucho)

Señor De la Vega dijo...

Continúa la estela de bromas de los Duques (pues en parte representan al lector y de lo que gusta o pide el mayoritario oyente que Cervantes conocía).

Y desde el comienzo de este excepcional capítulo, eso sí, filtrado por la impredecible pareja amiga, nos vuelven a recordar la cruel broma de los azotes, que tantas lecturas tiene.

Y si Don Quijote en una escena de suspense, no ve el engaño que acontecerá entre la espesura de los árboles, lo vemos claramente nosotros y así la inicial actitud inquisidora y enfermiza de Don Quijote por el bien de su soñada y necesaria Dulcinea, se acaba transformado, en nobleza y buen ánimo a favor del bienestar futuro de un Sancho (tramposo).

Y por eso coincidimos que el mejor de todos los personajes es Don Quijote caballero andante, que bien quiere y no quiere ver (en la realidad) los falsos latigazos, porque incluso nosotros lectores justos y humanitarios, le desearíamos alguno verdadero en sus espaldas al pícaro escudero, por aprovecharse de las debilidades del buen loco. Así juega con nuestras emociones y sentires, Don Cervantes.

Mucho se esfuerza también el narrador, en explicar su punto de vista sobre lo que sucede y el estado de las cosas, para los más despistados, ya que si no lo hiciese, este podría ser un capítulo más, donde el caballero siguiese siéndolo y la aventura fuese comienzo que no final del libro y además capítulo de los buenos donde el diálogo es fresco e inteligente, con muchas referencias y sutilezas que de todo tipo se transcriben, para los llanos y los agudos.

Sancho, puede mostrar sin duda todos sus registros:
. Mozo avaricioso, egoísta y simple, que desea el disfrute y las cosas cotidianas con el mayor pragmatismo.
. Perfecto intérprete del plano caballeroso de su amo, donde ahora le da con facilidad juego y bola, con gracia e imaginación.
. Crecido en categoría, como ex-gobernador y sin reparos de clase para decir la suya cuando considera que es decirla, sin importarle más orden o protocolo, que la oportunidad entre voces para entronar las suyas y ofrecer razones con sentencias entre sabias y obvias.
. Por último consciente personaje del papel que juegan (su amo y el mismo) por ser protagonistas de un famoso libro con sus gestas y gestos, que nobles y burgueses conocen, y donde él se siente honrado y gustoso con su fama, e interpreta perfectamente su rol cuando interesa, a pesar de los golpes y dolores que por ello reciba, y es ahí donde solo el engaño a veces le engaña, pero porque no le queda otra y aunque lo dude a medias, traga.

Y todo lo anterior, sin faltar a la lealtad que le debe a Don Alonso de Quijano y a la amistad a Don Quijote de la Mancha, pues es capaz de pasar de un plano a otro, de un rol a otro, de un sentimiento a otro, según se necesite y mejor convenga a él primero y luego a Don Quijote.

Si Don Miguel, estaba preparando la muerte de su protagonista para evitar más secuelas indebidas, no imaginó, que en la construcción de tan famoso y preparado Sancho, creaba otro Quijote con vitalidad inmortal.

Ya extrapolo cinematográficamente una especie de subserie de ‘Los Inmortales’ con Don Quijote por Sean Connery y un Sancho por Christopher Lambert que recién inmortalizado, escucha el espíritu del maestro español con espada toledana, que le habla como nuevo aprendiz de andante caballero, con modos medievales, enseñándole en el recordatorio su definitiva enseña: “A partir de ahora, empezaremos a sentir una atracción irresistible de acabar unos con otros hasta que solo quede uno. Es nuestro destino.”, aunque acabado ‘Avellaneda’ ¿cuántos quedan?.

Suyo, Z+-----

Abejita de la Vega dijo...

Vencido, asendereado, pensativo y…muy alegre. Así va don Quijote en este capítulo, tan próximo al final, el cuarto de la cuenta atrás. ¿Cómo puede ser eso? Triste por su derrota, alegre al considerar la “virtud”, la magia, de Sancho, capaz de resucitar a Altisidora, aunque algo incrédulo.

¿Y Sancho? Sancho no perdona aquellas camisas prometidas por la medio muerta , algo deterioradas; mas su Teresa hubiera puesto remedio, con su aguja y su habilidad de mujer pobre.

Sancho se duele de haber practicado gratis su “virtud”. Y si a los médicos se les paga, incluso cuando matan y se limitan a firmar una orden para que el boticario prepare el letal potingue… Pero, para la curación ajena, él ha de sufrir bofetadas, pellizcos, pinchazos y azotes. El próximo “enfermo”, ha de pagar; que si el cielo le ha dado la “virtud” no es para que regale sus servicios. ¡Vaya con los poderes sobrenaturales del escudero! No cree, pero ha de sacar tajada.

Don Quijote, buen entendedor, comprende que le ha llegado el momento de soltar dinero y le da la razón. Muy mal ha hecho Altisidora en no pagarle con las camisas prometidas. Que aunque su virtud no le haya costado estudio alguno, más duelen las bofetadas y los pellizcos que los libros. Y le asegura que no le hubiera importado “pagar por los azotes del desencanto”, pero mira que si no hacen efecto por ser de pago...

Así que ahora probarán. El escudero puede poner un precio a los azotes y dárselos. A continuación puede cobrarse, pues lleva dineros de don Quijote, aquellos destinados a los gastos del camino. Aquel ventero de la primera parte indicó al caballero que había de llevarlos.

Al oír esto, ay, qué ojos más grandes tienes, Sancho, qué orejas más grandes tienes, lo menos un palmo. Cómo no, por supuesto, de buena gana, dígame vuestra merced la cantidad. Y se disculpa: mire que si me muestro interesado es por amor a mi Teresa, a mi Sanchico, a mi Sanchica. A ver, a ver, cuánto me va a dar por cada azote.

Don Quijote le responde que, que por merecer, merecería el tesoro de Venecia o las minas del Potosí, las antonomásicas riquezas. Así que es mejor que Sancho tase los zurriagazos. ¡Ay, qué cara te cuesta aquella mentira, Sancho!

Veamos las cuentas sanchescas, despacito, que la que esto escribe es de letras. Son mil trescientos y tantos. Los cinco que se ya se ha dado entran en los tantos. Así que calcula el precio de los tres mil trescientos. Los tasa a cuartillo cada uno y echa la cuenta primero para los tres mil y luego con las trescientos. Los junta y le salen ochocientos veinticinco reales. Parece un galimatías pero lo ha hecho bien, bien y rápido, haciendo la conversión a medios reales y a reales. Y sabemos que Sancho no fue a escuela alguna...

Los desfalcará, qué mal nos suena ese verbo. Vamos, que los separará de la bolsa de don Quijote y entrará triunfante en su casa, con sus reales y su buena zurra encima. El que quiera peces, truchas o lo que sea, que se moje…

(Sigue)

Antonio Aguilera dijo...

Cap 2.70 de don Quijote (Que sigue al sesenta y nueve, al igual que este erótico número siguió al sesenta y ocho).

No entró Sancho muy conforme esa noche a dormir en el mismo aposento que su amo, pues sabía que don Quijote le daría el “coñazo” a preguntas sin dejarle descansar. Y, en efecto, se cumplieron los peores augurios; añorando el escudero un buen sueño en una choza. Atacó don Quijote con su locuaz artillería a Sancho pidiéndole su parecer sobre el suceso de Altisidora. Sancho no tuvo que pensar mucho la respuesta: “Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera -respondió Sancho-, y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en mi vida. Yo no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora, doncella más antojadiza que discreta”.

En este pre- somnus y muerto de sueño se encontraba Sancho que hubo de amenazar a don Quijote para que se callase:” con todo esto, suplico a vuestra merced me deje dormir y no me pregunte más, si no quiere que me arroje por una ventana abajo”. (¡qué suicida este Sancho!) Y vaya si era capaz de cumplirlo, máxime cuando se encontraba inmune al dolor por la anestesia que le supuso el martirio de las mamonas que le hicieran las dueñas.

Ojo al dato (dejó don Quijote de dar la pelma a Sancho): “Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide hamete (…) qué les movió a los duques a levantar el edificio de la máquina referida”. Resulta que el rencoroso bachiller Sansón Carrasco no había podido olvidar la humillación por el vencimiento que le infringió don Quijote, no cesando en su empeño hasta tener un nuevo duelo con el romántico caballero. Coincidencias del destino llevaron al bachiller Carrasco a encontrar por los caminos a un siervo de los duques que estaba al tanto de todas las peripecias ocurridas con don Quijote y Sancho en casa de su señor. Visitó el bachiller a los duques informándoles de su propósito; ellos le dijeron que, lo venciese o no, les diera cuenta del suceso. Llegó Sansón ante don Quijote, vióle y vencióle; hazaña de la cual informó a los duques, tal como les hubo prometido. Agregando que le hizo dar palabra a don Quijote de que, en caso de caer vencido, como así fue, se volvería a su aldea hasta un año; tiempo suficiente para recapacitar y alejarse de las locuras caballerescas.

Poco duraría a don Quijote el sueño con que empieza el fragmento anterior: “Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro velando a pensamientos desatados, les tomó el día y la gana de levantarse”. Ya me extrañaba que se durmiera don Quijote al unísono de Sancho, como antes leímos.

SIGUE..........

Antonio Aguilera dijo...
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Antonio Aguilera dijo...

Estando no muy descansado don Quijote por la vigilia referida, aún en su aposento, se presentó allí Altisidora, vestida de pasarela, de sopetón. A don Quijote parecióle una violadora que, tal vez, fuese a abusar de él. No es para menos la reacción del hidalgo:” con cuya presencia turbado y confuso, se encogió y cubrió casi todo con las sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle cortesía ninguna”. Tomó asiento Altisidora en una silla junto a don Quijote y empezó a reprocharle que estuvo a punto de morir, o que murió por poco tiempo, por el desdén que le demostraba. Sancho la interrumpió preguntándole que cómo era el infierno, ya que ese tipo de muertes se pagan con el fuego eterno. Ella le contestó que no llegó a entrar, que quedó a la puertas, desde donde pudo ver a una banda de diablos jugando al fútbol (no, creo que fue al golf o al hokey ilustrado, porque golpeaban a libros con unas palas: olimpiadas diablunas en todo caso). Y resultó que, uno de los libros, era el Don Quijote de Avellaneda; entonces un demonio cabecilla dictó que lo arrojaran a los más profundo del infierno: donde arden los peores herejes que en el mundo han sido. Ësta era la consideración que Cervantes tenía del citado libro. Y, para despejar dudas, le hace decir a don Quijote: “No hay otro yo en el mundo”.

Acabada la descripción del infierno, Altisidora renovó a don Quijote su profesado amor. Éste intentó desengañarla expresando que su único amor era Dulcinea. Entonces, desairada e iracunda la chica le soltó al caballero una sarta de “verdades” que dejó desarmado a don Quijote: “ -¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos?”

Antonio Aguilera dijo...
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Abejita de la Vega dijo...

Tras la cuenta, don Quijote proclama las bondades del cascarrabias Sancho, ahora bendito y amable; al que eternamente quedará su amo agradecido y no digamos la encantada Dulcinea. Mas que diga ya cuándo va a cumplir con la penitencia y, si abrevia, ahí tiene cien reales más.

Sancho le contesta que, cuando llegue la noche, se abrirá las carnes.

Con ansia espera don Quijote a que anochezca y le parece que el día dura más que de costumbre. Tal vez el carro de Apolo haya tenido una avería.

Oscurece y entran en una amena arboleda, no muy desviada del camino. Se tienden tan a gusto sobre la hierba, tras descargar al rucio y al rocín. Tras cenar del repuesto, Sancho, con brío, se prepara un latiguillo con los correajes de su asno y se retira unos pasos de su amo.

Don Quijote lo ve tan decidido que teme un exceso de penitencia y le da unas pautas a seguir: los azotes espaciados para que no le falte el aliento. Y no ha de preocuparse por llevar la cuenta, que su piadoso amo los contará, con la ayuda de su rosario. El favor del cielo no fallará con tan buena intención.

Sancho piensa darse de manera que, sin matarse, le duela. Se desnuda, comienza a darse con el cordel y don Quijote cuenta.

Abejita de la Vega dijo...

Siete, ocho, esto duele más de lo que pensaba. La burla es pesada y muy barata le está saliendo a este amo. Nada de a cuartillo, a medio real me lo ha de pagar.

Don Quijote acepta pagar el doble y le anima a no desmayar. Sancho hace que lluevan más azotes, pero el muy socarrón da en los árboles y no en las espaldas. Y suelta unos suspiros como si le arrancaran el alma.

El alma del caballero es tierna y no quiere que la imprudencia mate a su escudero. Este embustero ya ha pagado suficientemente sus dulcinescos embustes. Por su vida, que la medicina es demasiado áspera. Le dice que ya ha contado mil y que bastan por ahora.

Sancho no desea parar los “dolorosos” azotes, desea darse otros mil, así cualquiera. Don Quijote se aparta y le deja seguir, ya que se halla en tan buena disposición…

Así que vuelve a la tarea con tanto brío que descorteza muchos árboles. Alza su voz lastimera y da un tremendo azote a un haya, al bíblico grito de “aquí morirás Sansón”. Don Quijote acude y le quita el látigo. Se acabó, no va a permitir que pierda la vida, tan necesaria para el sustento de su mujer e hijos. Que se espere Dulcinea, que él esperará a que Sancho se recupere. A lo que hemos llegado...

El escudero acepta y pide que le eche su herreruelo encima, no vaya a resfriarse. Don Quijote se queda en paños menores, que no en pelotas, para abrigarlo. Sancho duerme hasta que le despierta el sol.

Prosiguen los dos el camino y llegan a un mesón cercano, que como tal mesón es reconocido por el vencido caballero y no como castillo.
(Sigue)

Abejita de la Vega dijo...

Ni cava honda, ni torre, ni rastrillos ni puente levadiza.
Ni siquiera guadameciles, que era lo fino, sino sargas viejas con unas malas pinturas, representando el robo de Elena y la historia de Dido y Eneas. Y Don Quijote se fija en el detalle de que aquella Elena, risueña, no va de mala gana, a pesar de ir robada. Sin embargo, la hermosa Dido llora lágrimas como nueces.

El delirio caballeresco de don Quijote viaja ahora en el tiempo y lamenta la desdicha de tales señoras. Si él hubiera nacido en aquella época, ni Troya fuera abrasada ni Cartago destruida. Él hubiera matado a Paris y todo arreglado.

Sancho profetiza que, en un futuro no muy lejano, no habrá “bodegón, venta ni mesón, o tienda de barbero” donde no anden pintadas sus hazañas. Eso sí, querría que fueran pintados por mejores manos que éstas del mesón.

Don Quijote le da la razón y recuerda a un pintor de Úbeda, tan malo que, si pintaba un gallo, escribía debajo ”éste es un gallo”, no lo fueran a confundir con otro animal.

Y hasta el tal Orbaneja de Úbeda nos ha llevado para arremeter, otra vez , contra el autor “deste nuevo don Quijote”, el cual “escribió lo que saliere”.

Pero, dejando aparte lo del apócrifo, pregunta a Sancho si piensa zurrarse otra vez, esta noche. Y si piensa hacerlo bajo techo o a cielo abierto.

Al escudero le da igual pero…mejor donde haya árboles, que ayudan, ya lo creo que ayudan.

Don Quijote le dice que nada de eso, que ha de esperar hasta llegar a la aldea, a la que llegarán “después de mañana”. Le echa un capote…ya vale el escarmiento.

Sancho responde que como quiera pero que él quisiera acabar pronto aquel negocio, sin que se enfríe, cuando el molino está picado y… cuatro refranes a continuación.

Por Dios, no más refranes, le ruega su amo. Habla a lo liso, sin imágenes refranescas. Sancho se disculpa, no sabe “decir razón sin refrán”; pero se enmendará, si puede…

La aldea está cerca, ay.

Un abrazo de María Ángeles Merino

Aldabra dijo...

pues ya he llegado al final, no he podido resistir la tentación con los últimos capítulos.

una gran satisfación y tristeza por la pérdido de un "amigo".

bicos,

BIPOLAR dijo...

Bóbilis, bóbilis

Un capítulo desternillante en el que me he perdido con las cuentas de Sancho Panza y tanto trincar y doblar y multiplicar por parte de uno y otro con un "quesi" los dos.

"Que si":

-cóbrate por adelantado de lo que portas en la saca
-abrevias te añado cien reales
-subo a medio real, no que a cuartillo
-yo doblo la parada del precio

Azotes que irrumpen en el mercado de la oferta y la demanda.

ácidas perlas cervantinas:
-no te des tan recio que te falte la vida antes de llegar al número deseado.
-yo pienso darme de manera que, sin matarme, me duela
-pégate, que yo me aparto.

Carne, azote y redención. Al más puro estilo de "El tío de la Vara" (José Mota)

y de colofón, esa pintura socarrona
de Elena "quien no iba de muy mala gana, porque se reía a socapa ..." y ..."Dido vertía lágrimas del tamaño de nueces"

:D