lunes, 21 de mayo de 2018

Danzante


¡Qué gesto más hermoso te aproxima
al cielo de esta tarde, el prodigioso
giro de quien se sabe victoriosa
sobre las leyes físicas y el cuerpo
nada sobre las cosas y retiene
en el salto la vida y la belleza!

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

domingo, 20 de mayo de 2018

Los machos son los que tienen corbata


Y en esto, el gorrión se aperchó en una de las sillas de la terraza. Dejé el café en la taza y me quedé observándolo, su elegancia sencilla, el giro de su cabeza. Era macho, por la corbata. Mi padre me enseñó en los tiempos en los que aún se comían pájaros fritos en las tabernas de los barrios y de los pueblos: los machos tienen corbata. No hace tanto. En España casi todo lo que nos parece extraño en otros países a los que consideramos subdesarrollados está a menos distancia que una biografía: la llegada del agua y el alcantarillado a los pueblos, el asfaltado de las calles de los barrios, la entrada en casa del teléfono de ruleta, aquellos televisores en blanco y negro, los niños en pantalones cortos y las rodillas raspadas jugando al fútbol en los solares de las ciudades, las niñas saltando a la comba, los chavales cazando gorriones con carabina, las mujeres con la cabeza cubierta. Recuerdo los merenderos en los que acaban las calles de mi ciudad con aspiración de carreteras y su olor a gambas a la plancha los domingos. El gorrión saltaba, nervioso, de silla en silla en la terraza del bar. Recuerdo también una adivinanza antigua que decía que el gorrión era el único animal que come en España pero nunca anda en España y ahí tengo a este pardal, dando saltitos cortos para demostrarlo. Desmigo la pasta que me han traído con el café y se la ofrezco. La picotea. Es verdad, Mayca, se han hecho a nosotros como me decías, han aprendido a ser pequeños raterillos de nuestras migajas, como aquellos niños sucios y llenos de mocos de las películas y de la biografía de mi padre, en la posguerra, que estaban a lo que caía, a veces dado a veces hurtado. Ya ni siquiera hay niños y ha descendido la población de pardales, pero todo está ahí, a la distancia de una biografía. Como la voz de mi padre: los machos son los que tienen corbata y me hacía así, con la mano.

viernes, 18 de mayo de 2018

Mañana lenta de julio


Verte dormir
en la mañana
y es ya domingo
lento de julio
en la entresombra
de tu abandono
a mi mirada.

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

jueves, 17 de mayo de 2018

El punto de partida de Los refugios de la memoria de José Luis Cancho y noticias de nuestras lecturas.


Hay varias formas posibles de abordar Los refugios de la memoria de José Luis Cancho. Algunos lectores buscarán en estas páginas el testimonio vital de aquel joven estudiante que en la mañana del 18 de enero de 1974 cayó desde el tercer piso de la comisaría de policía de Valladolid. Su caso es recordado aún porque conmocionó a la sociedad española -al menos a la que discrepaba de la dictadura franquista pero a muchos que no se contaban en ese lado no les pasó desapercibido lo que podía significar interna y externamente- a pesar del control que la censura ejercía sobre los medios de comunicación. El propio autor ha vivido con las consecuencias de esa fama y los efectos que tuvo su caso en la vida universitaria y en el activismo opositor de entonces. Suele ocurrir que muchas personas exigen del protagonista de un caso así que se quede detenido en el tiempo: como si estuviera condenado a caer repetidamente por aquella ventana. Cancho dedica cinco páginas al suceso que lo lanzara a una fama no buscada. Y de esas cinco páginas llama la atención la profundidad de las reflexiones expresadas a partir de las preguntas, no retóricas sino que entran en el terreno de la exploración de la memoria y de los hechos: la interrogación como forma de adentrarse más y más en la memoria y en el pensamiento, preguntas que quizá se haya hecho muchas veces el autor. De las cinco páginas, dos las dedica a un policía cuya declaración sobre los hechos coincidía con la suya en muchos aspectos y se pregunta quién fue y qué fue de él.

Parece obvio que ese puede ser el punto de partida de un relato autobiográfico. Pero no lo es, en absoluto, la manera en la que lo trabaja el autor. A partir de ahí comienza un intenso relato cuya reflexión principal es el paso del tiempo y la manera de contarlo. Predomina la elipsis, que da un atractivo especial al texto puesto que no en vano Cancho lo denomina autorretrato fragmentario. El autor, en efecto, se detiene en aquello que le importa hoy: la mencionada reflexión sobre el paso del tiempo, la manera en la que ha llegado a ser el que es y su declarada relación con la escritura. No solo con las novelas que ha escrito sino con el mismo proceso de la escritura:

He hablado del poder de la ficción, de la influencia que ejerce en nuestra percepción de la realidad, de cómo puede llegar a imponerse sobre esta.

En ese proceso -que es a la vez el del escritor y el de la persona- se llega a una cierta desnudez, incluso en el lenguaje (A medida que envejezco mi lengua se empobrece), también en un cierto distanciamiento de sí mismo que le permite la reflexión directa sobre su pasado. El estilo de este libro, contenido y poético y siempre exacto, lo refleja.

En un texto como este es inevitable que los que lo lean con profundidad se interroguen sobre sí mismos: su compromiso, su vida, su forma de entender las cosas. Aquellos que buscan solo el testimonio de un activista político que da cuenta de su lucha contra el franquismo pronto perderán el interés puesto que ese no es el texto que ha escrito José Luis Cancho. Sale ganando el lector que busca más allá, que sabe apreciar el relato del tiempo que pasa y los efectos que causa. Además, claro, está el propio interés por la escritura de Cancho, autor de novelas como El viajero junto al mar (1999), Grietas (2001), Indicios (2004) y Lento proceso (2013). De todo ello hablaremos en las próximas entradas de los jueves.


Noticias de nuestras lecturas

Mª del Carmen Ugarte se adentra por las páginas del libro de José Luis Cancho deteniéndose en algunas de las claves más importantes del mismo: lo autobiográfico y la experiencia literaria; la memoria individual y colectiva. No os perdáis este comentario para comprender el libro.

Mª Ángeles Merino escribe una extraordinaria entrada introductoria a la lectura de la obra de Cancho. En ella están sus recuerdos y las claves para abordar este trabajo de la memoria.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos.
Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog, aunque en las últimas semanas no haya podido cumplir esta promesa por diferentes cuestiones que espero se vayan remansando en las próximas.
Información sobre el presente curso en el club en este enlace.





Desde hace unos años colaboro de forma asidua con la Feria del libro de Burgos. La presente edición se inaugura este viernes 18 y se clausura el 27 de mayo. El sábado 19 participo presentando los últimos Premios de la Crítica de Castilla y León. Estará presente José Luis Cancho, autor de Los refugios de la memoria y sobre esta obra y otras muchas cosas hablaremos con él. El acto tendrá lugar a las 13:00 hs. en la Sala Polisón del Teatro Principal. Entrada libre hasta completar el aforo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Un árbol torcido. Sobre escritores malditos y establecidos.


Hay una cosa en la que coinciden los escritores malditos con los escritores establecidos: la manía de enderezar las cosas a su medida.

(Sírvase de entenderse también para cualquier otra especialidad de la vida.)

martes, 15 de mayo de 2018

Epifanio y el gato de Shcrödinger


Epifanio abrió la caja en la que había encerrado al gato y estaba vivo y muerto. Él, no el gato. Aprovechó para acompañar en el sentimiento a sus seres queridos, a los que hacía demasiado tiempo que no veía.

lunes, 14 de mayo de 2018

Gritos


No sé, quizá esté equivocado, pero a mí siempre me había parecido que gritar no es pensar ni actuar. Nos echan puñados de pienso y actuamos como ocas que creen que guardan su territorio. Pero el corral es de otros. Y así, de tanto gritar, llegamos cansados al momento de hacer que las cosas cambien de verdad. El grito suele tener un poder catártico, depurativo, sobre todo cuando se profiere en grupo. Recogemos las pancartas y las banderas y volvemos a casa, más tranquilos, como si fuéramos héroes. Los que gritan, además, suelen hacerlo por cosas que merecen la pena pensar y por bagatelas. Lo mismo se concentran los vociferantes para cambiar una ley o actuar como grupo de presión ante lo que consideran una situación injusta (pero no siempre sino de forma selectiva según la atención de los medios de comunicación ¿por qué en algunos casos sí y en otros no?) que por el resultado de un estúpido concurso musical televisivo o por el fracaso de un grupo deportivo. Tengo un problema con los que gritan: no puedo escucharlos, incluso aunque sus demandas sean justas. No hablo, claro, del grito dolorido, del grito de quien quiere dar de comer a sus hijos. Ayer oí cantar un canto primitivo en un programa de televisión sobre los que quieren llegar a nuestras costas arriesgando sus vidas en unas frágiles embarcaciones: han sido torturados, las mujeres violadas, sometidos a esclavitud, han pasado hambre, frío, sed. Eran cantos de sabiduría milenaria que trasformaban la tristeza en esperanza. Me conmocionó ese canto como no me conmociona ningún grito. No hablo de ellos sino de quien grita para trasmitir una idea, que ya no es idea sino consigna o tuit de un puñado de caracteres en una estéril red social. Ruido. Cuánto ruido en una sociedad que no piensa. Pan y circo.

Dejadme un minuto antes de que vuelva el ruido, solo un minuto.

madre, te escribo esta
con un lápiz de carpintero
me han dejado un teléfono
quiero decirte tantas
cosas que he visto estos años
que falto de tu lado
que echo mucho de menos
tus manos
me dieron una manta
y agua
en el barco de rescate
y miro la hermosura turquesa del mar
mientras bebo despacio
como tú me enseñaste
la niña sudanesa comenzó
a cantar en su lengua
su voz era el imbat más cálido
yo no la comprendía, madre,
pero seguí su canto
muy lento
como cuando mi padre
cantaba por las noches
a las estrellas
mientras yo me dormía
la niña
cantaba para el hijo que lleva en el vientre
desde que atravesó Libia
y nos unimos todos a su canto
hasta el más bello joven etíope

los blancos nos miraban
y en sus ojos
también había madres
pero ellos no saben cantar
todos callaban
escuchándonos

qué rojos más intensos
al atardecer, cuando llegamos al puerto
a tierra firme
después de tanto
que me faltan tus manos

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

domingo, 13 de mayo de 2018

La ciudad aún estaba ahí


Entre el domingo por la mañana y el domingo por la tarde hay una leve franja de dolor de cabeza. La fotografía, claro, es de la mañana, justo después del café. Salí a ver si la ciudad aún estaba ahí. Lo estaba,  como recién hecha,  preparada para el buen tiempo. Como si no existiera el invierno en cada uno de nosotros.

sábado, 12 de mayo de 2018

No hay remedio


Sabes que no hay remedio,
que se avecina el ruido
en todos los fragmentos

-cada esquirla hará su sangre-

y añoras la ribera de los mirtos,
la flor del cardo negro
y la delicadeza del narciso.

© Pedro Ojeda Escudero, 2018

viernes, 11 de mayo de 2018

Una reseña secreta: De nómadas y guerreros de Elías Moro.



Con las obras de Elías Moro (Madrid, 1959) tengo el mismo problema que cuando descubro un paisaje que me conmociona, un restaurante en el que se come bien y a buen precio en un ambiente confortable o un hotel con encanto de verdad más allá de la mera publicidad. Tengo la sensación de que aquello lo conoce menos gente de lo que merece y el pensamiento de guardarme para mí ese descubrimiento, no contarlo para que no se contamine o se distorsione, pero finalmente cedo a la tentación de decírselo en voz baja a los amigos: te aconsejo que vayas, pero no se lo digas a nadie, no se nos vaya a echar a perder.

Elías Moro, del que ya hemos hablado en este blog, aún en las obras que muchos podrían considerar menores tiene más literatura y poesía de la que les parecería a primera vista a los que no solo leen por la apariencia y siempre más calidad que la mayor parte de los que hacen ruido y ocupan los espacios culturales en internet y en los medios de comunicación tradicionales. No es solo que sepa llevar el sombrero como ningún otro escritor en España hoy sino que debajo de ese sombro hay un poeta pleno y lo demuestra continuamente en poemas, microrrelatos, pensamientos y aforismos. Parece que publica poco pero uno mira la lista bibliográfica de su obra y se da cuenta de la extensión y coherencia de toda ella. Lo que está claro es que Elías Moro no publica por publicar.

Siempre me ha pasado todo lo dicho con sus libros pero ha sido más intenso con De nómadas y guerreros (Le Tour, 2018) y solo cedo a la tentación de la reseña por cariño a Mario Quintana, su editor, que poco a poco va levantando un catálogo envidiable y que se acaba de meter a librero abriendo La selva dentro en Mérida, que ya es locura en los tiempos que corren.

El autor ha confesado las fuentes de partida de De nómadas y guerreros que, según parece, llevaba unos años en el cajón sin dar el salto al papel: Estampas de ultramar de Aníbal Núñez y la Antología de poesía primitiva de Ernesto Cardenal. Al primero había dedicado una serie de doce entradas en su blog, lo que permite al lector curioso seguir un rastro literario siempre de interés. Se entenderá mejor si se presta atención a la primera, publicada el 14 de enero de 2012. Ambas fuentes aclaran mucho de la propuesta que hallamos en el poemario.

En este libro, Elías escribe como si el mundo estuviera por descubrir, por trazar los mapas y los estudios antropológicos necesarios para comprender especialmente a aquellos individuos que se enfrentaron con el tipo de riesgos que esperan a quien vive en contacto permanente con la naturaleza. Estas voces y estos seres poetizados son parte de una comunidad pero se nos presentan en su calidad de individuos, personas que resumen la vida de esas comunidades a las que pertenecen pero que están en la primera línea, casi siempre solos, y solos deben afrontar el mundo a partir de las experiencias colectivas que han llegado hasta ellos: hay un masai, un papú, un samurai, un tártaro, un tuareg, un indígena americano, un pirata, etc. Son seres en continuo movimiento, que habitan la débil línea que hubo siempre entre la civilización y la naturaleza, el choque entre culturas y el riesgo físico y moral, que sobrellevan con la dignidad de quien no espera más ayuda que la propia. No siempre son ejemplo de lo que nuestra civilización entiende como moral, por supuesto: su vida es otra y su comportamiento no se ajusta a nuestras reglas:

Aunque ella lo ignora todavía,
navego, firme el timón,
a destruir Maracaibo.

Por eso mismo, cuando el mongol se sienta ante la televisión traiciona todo lo que le ha traído hasta el presente:

Ahora la televisión le confunde
y ha olvidado su memoria.

El estilo de este libro se aproxima a esos cantos primitivos que se decían ante la hoguera, al terminar el día celebrando estar vivos aún, el ritmo es propio de esos cantos.

Solo hay un texto que contradice y suspende lo anterior, precisamente por el carácter de quien lo protagoniza, Roles del cobarde, que no sale bien parado en su actitud ante la vida, en la que ni siquiera arriesga nada:

El que merienda café con bollos mientras firma sentencias de muerte y acaricia después el rostro de su nieta.

Finalmente, el último poema del libro (Museo de cera), que podría entenderse inicialmente como la explicación del volumen entero en el sentido de que el poeta ha entrado en uno de esos museos en los que se reproduce con mejor o peor habilidad efigies costumbristas (nuestra época ha terminado ya con este tipo de comunidades y los muestra como curiosidad museística), nos pone ante un espejo moral en el que quizá seamos nosotros los que hemos sido modelados en cera y no los protagonistas de cada uno de los textos.

Siempre que vean un libro firmado por Elías Moro, léanlo. Pero, ya saben, no se lo cuenten a nadie, no se nos vaya a echar a perder.

jueves, 10 de mayo de 2018

Diario de un arrepentido. La verdad final de Akúside y noticias de nuestras lecturas


¿Qué sucede cuando el héroe de la independencia de una nación deja de creer en las bases fundacionales del nacionalismo que la nutrieron? Este es el planteamiento final de la novela de Ángel Vallecillo. El general Axiámaco escribe un diario en el que deja constancia de cómo pierde la fe en las leyes y se arrepiente del camino que inició de joven. Para ello no han bastado los crímenes, la visión de una patria desolada por la aplicación del Retorno al mundo rural, la cercanía con la corrupción practicada por su hermano al frente del país, etc. Ha tenido que recibir un golpe personal: su hijo ha de ser sacrificado en cumplimiento de una ley absurda y es lapidado. Este sacrificio ritual le abre los ojos, el dolor de la pérdida le conmueve por dentro y le hace replantearse toda su vida. Aún así, sigue al frente de la nación unos años porque la inercia pública es imposible detenerla.

La sangre termina por devorar a los que la provocaron; el dolor ajeno se convierte antes o después en el dolor propio; lo absurdo de una nacionalismo del estilo del retratado en Akúside cae sobre aquellos que protagonizaron los primeros pasos. La inercia de una ideología de este tipo es imparable y termina aplicándose siempre aunque parezca absurda porque ya no se habla a la razón sino a las tripas.

Akúside deja un amargo sabor al lector, que ha reconocido muchas de las cosas que en ella se retratan, las ha vivido y escuchado en el pasado reciente y en el presente con proyección futura. La lectura de Akúside no es fácil, no solo por la estructura arriesgada y vanguardista sino sobre todo por esto que comentamos, porque nos enfrenta a emociones que sin el control de la razón nos pueden conducir al mundo reflejado en esta distopía o a uno muy próximo a él, quizá con rostro más amable pero en el que el mar profundo tiene la misma textura. Un riesgo más cercano de lo que nos parece, como ha demostrado la historia.

Noticias de nuestras lecturas

Machete en mano, Mª Ángeles Merino se interna por la páginas de Akúside con la ayuda de su amiga Austri y enlaza la dureza de la narración con las noticias recientes sobre la disolución de ETA... Os invito a reflexionar en esta entrada sobre historia, terrorismo, nacionalismo y literatura.

Pancho comenta las referencias míticas y bíblicas de la novela, siempre llenas de sacrificios rituales y sangre. No os perdáis lo que dice sobre el ritmo narrativo de la novela... ni a Sabina.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos.
Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog, aunque en las últimas semanas no haya podido cumplir esta promesa por diferentes cuestiones que espero se vayan remansando en las próximas.
Información sobre el presente curso en el club en este enlace.

Anuncio de la próxima lectura


Comenzamos la lectura de Los refugios de la memoria de José Luis Cancho, que nos ocupará  hasta la primera semana de junio. Los refugios de la memoria (Madrid, papeles mínimos, 2017) es un libro en el que el autor relata su experiencia personal desde que en la mañana del 18 de enero de 1974 cayera al vacío desde una de las ventanas del tercer piso de la comisaría de policía de Valladolid sita en la calle de Felipe II. Este trabajo de la memoria le lleva a narrar la represión del régimen dictatorial de Franco y sus crímenes contra la libertad pero también la maquinaria de las organizaciones en las que militó, que anulaban al individuo. Aquellos que lean este libro solo como un testimonio antifranquista escrito por alguien que se hizo famoso en España por aquellos hechos de 1974 en los que pertenecer a la oposición era jugarse la vida se equivocan completamente. Cancho abandonó la militancia activa y comenzó la búsqueda de su propia identidad hasta encontrarla en un viajero nómada que pudo desarrollar, finalmente, su dedicación a la escritura. El valor de este libro definido por el autor como un autorretrato fragmentario no está solo en el trabajo de la memoria y el testimonio de un tiempo de transición y una vida sino también en la propia escritura: un estilo depurado, esencial, desnudo casi, lleno de magníficos hallazgos trabajados con la elipsis, la eliminación de lo superficial y el lirismo en ocasiones. También con la reflexión sobre la escritura. Siempre interesante.


Final de curso



Este curso ha resultado intenso y para cerrarlo os propongo la lectura, en el mes de junio, de una  novela que os sorprenderá: El pisito: novela de amor e inquilinato de Rafael Azcona. Rafael Azcona (Logroño, 1926 - Madrid, 2008) es, para muchos, el mejor guionista de la historia del cine español, pero lo que no es tan conocida es su faceta como escritor. El pisito se publicó en 1956 y sobre ella escribió el mismo Azcona el guion para la película dirigida por Marco Ferreri, estrenada en 1959, con el que debutara en el cine. La película es una de las obras clásicas del cine español de todos los tiempos. En 2009 se adaptó al teatro con relativo éxito de público, en una versión que a mí me dejó insatisfecho. Descubramos, pues, el relato original sobre el que se hicieran la película y la obra de teatro. Hay varias ediciones en el mercado. Os recomiendo la publicada en la editorial Cátedra por Juan A. Ríos Carratalá. Aparte de un magnífico estudio introductorio, cuenta con la incorporación de fragmentos que se suprimieron en 1956 para evitar la censura de la dictadura de Franco. El curso se cerrará a finales del mes de junio con una comida a la que todos los seguidores de este club podrán apuntarse.