domingo, 25 de junio de 2017

La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos por El Duende de Lerma


La sombra del Tenorio es un monólogo escrito por José Luis Alonso de Santos y estrenado por Rafael Álvarez, el Brujo, en 1994. No es una novedad, por lo tanto, pero su pervivencia en los escenarios habla del acierto de la obra. De la mano de Rafael Álvarez tuvo una exitosa vida. La crítica, desde su estreno, siempre la vinculó con el actor, como si no pudiera tener otra vida más allá que de la mano del extraordinario y personal que la pusiera sobre la escena. Es difícil tarea la de recoger un título tan popular, representado por uno de los actores españoles que ha creado una forma propia de estar sobre la escena. Yo vi la obra en la temporada de estreno y pensé esto mismo ya entonces.

Por otra parte, la obra es un reto para cualquier actor. José Luis Alonso de Santos escribió un monólogo de perfecta factura y eficacia -hay que decirlo: una obra maestra del teatro español contemporáneo en su género-, muy exigente para quien la interprete en la hora y media que dura. Cambia continua y endiabladamente de registro, de tono, de género incluso. Pasa de la comedia al drama, de la parodia al costumbrismo, del realismo a lo fantástico, del relato de anécdotas a las preguntas más graves sobre la identidad y las emociones humanas. Hay un momento, que toda compañía teatral teme, en el que se rompe la ilusión escénica para luego volver a levantar la famosa cuarta pared y en ese giro debe acompañarte el público.

La obra cuenta la historia de un viejo actor, Saturnino Morales, al que el azar llevó a interpretar, nada más ingresar en una compañía, el papel de Ciutti en la representación anual del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, como era costumbre en toda España y gran parte de Hispanoamericana hasta hace unas décadas. Este azar condicionó toda su vida profesional. Ambientada en los años cincuenta, Saturnino Morales está a punto de morir y en su última noche confiesa, en un falso diálogo con la monja que lo cuida, que siempre quiso interpretar el papel del burlador protagonista y se propone realizar ese sueño. Las cuatro escenas de la obra juegan siempre con lo metateatral, la contravisión del mundo a partir de los que nunca ocupan en la historia el primer plano (una característica permanente de la obra de Alonso de Santos) y la propia biografía del personaje de Saturnino Morales, que atraviesa la primera mitad del siglo XX y la geografía española desde su condición de cómico de una compañía secundaria.

La compañía de aficionados El Duende de Lerma asumió hace unos años el reto de incorporar en su repertorio La sombra del Tenorio y ha contado para ello con el asesoramiento del autor y la dirección de Ernesto Pérez Calvo. No he podido ver su montaje hasta ayer, cuando se programó en un escenario más que apropiado, levantado en los jardines de la Casa Museo Zorrilla de Valladolid. Luis Orcajo tiene una gran experiencia como actor y ha trabajado el difícil personaje desde sus propias condiciones actorales, dotando a la obra de una profunda condición dramática. Aunque estén presentes los momentos cómicos, que funcionan como el primer día, Orcajo sitúa su registro actoral sobre todo en la persona de Saturnino Morales y en sus conflictos interiores y desde esa perspectiva propone la obra, reduciendo también el relato de anécdotas sobre el Don Juan. Vemos, pues, a Saturnino Morales antes que a un juego metateatral, lo que es un acierto para separar su propuesta de la del Brujo. Una distancia inteligente, justa y acertada puesto que Orcajo no debe ser la sombra de Rafael Álvarez. Me ha gustado este montaje, que supera con mucho la condición de aficionados de la compañía y permite demostrar que la obra de Alonso de Santos tiene vida mucho más allá de la genialidad del actor que la estrenara y puede ser encarnada por actores de la solvencia y respeto por el mundo del teatro de Luis Orcajo. No me extraña la cosecha de premios que ha recibido El Duende de Lerma con ella. Merecidos, sin duda.

sábado, 24 de junio de 2017

La influencia de la estética del videoclip en las artes escénicas


Ayer viernes fui parte del Tribunal que juzgó la Tesis Doctoral presentada por Diego Palacio Enríquez en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid bajo la dirección de Eduardo Blázquez Mateos. Como saben los más antiguos lectores de este blog, llevo años en la batalla de contribuir a renovar los estudios de las artes escénicas en España, fomentando la entrada en el mundo académico de perspectivas de investigación que hasta hace tan solo una década eran tenidas como extrañas. En los estudios de artes escénicas pesaba demasiado la sacralización del texto y la visión del teatro como algo más histórico que actual, más literario que total. Por otra parte, había un prejuicio incomprensible hacia el estudio de cuestiones contemporáneas. Salvo loables excepciones, auténticos pioneros en el camino correcto, había un vacío que perjudicaba a la Universidad española puesto que se veía ajena al complejo mundo de las artes escénicas, pero también perjudicaba notablemente al campo propio del mundo teatral puesto que no tenía recursos académicos o debía recurrir siempre a los que se escribían en otros países en los que se veía esta cuestión de manera diferente. Por suerte, la última década ha abierto las puertas universitarias a este tipo de estudios, aunque todavía queda mucho camino que recorrer tanto en regulación normativa -es injustificable el lamentable estado de la legislación ministerial  y autonómica sobre estos estudios-, la aceptación plena de un campo de trabajo interdisciplinar y vivo y la propia reflexión dentro del mundo de las artes escénicas para construir un discurso de investigación académico que eleve los resultados más allá de la mera práctica.

Los resultados son evidentes y van consolidando un cuerpo de monografías propio, escrito por investigadores españoles dentro del ámbito académico nacional, de gran altura científica. Por fortuna, me he visto relacionado con varias de ellas, presentadas con éxito como Tesis Doctoral.

La Tesis Doctoral de Diego Palacio Enríquez sobre La influencia de la estética del videoclip en las artes escénicas: Tomaz Pandur, Thomas Ostermeier y Falk Richter llena una carencia en la investigación dentro de este mundo y lo hace de forma brillante, construyendo un método de análisis que se convertirá en herramienta metodológica para los futuros estudiosos de este campo pero también para aquellos que quieran usar de este recurso en montajes escénicos. Lo hace, además, abordando la obra de tres directores de escena punteros en Europa: Pandur, Ostermeier y Richter han creado una marca propia, reconocible en sus montajes y se han convertido en referentes de la escena contemporánea. Su trabajo, además, es claro, fácil de manejar y muy útil. Mi felicitación al director del trabajo y al ya Doctor, que recibió la máxima calificación.

El tribunal con el ya doctor (segundo por la izquierda).


viernes, 23 de junio de 2017

Como si el pardal mismo no existiera


Discurso pronunciado como padrino en la ceremonia de graduación de la V promoción del  Grado en español: Lengua y literatura, de la Universidad de Burgos (22 de junio de 2017)


Sr. Vicerrector de Cultura, Deporte y Relaciones Institucionales, Sr. Decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación, Sr. Coordinador del Grado de español, Sra. Directora del área de Literatura española, queridos alumnos graduados, compañeros, amigos y familiares:


Recuerdo el árbol del amor en el pasado mes de septiembre, agostado tras el verano. Cuando fuimos a visitarlo al inicio del presente curso, en una de nuestras clases, dudé si ya estaba muerto o si aún quedaba la esperanza de que floreciera de nuevo, como el viejo olmo de Antonio Machado. Como él, lo anoté en mi cartera y os pedí que lo recordarais.

Su apariencia era la de un árbol enfermo, en la parte final de su vida. Nos acabábamos de trasladar a las nuevas dependencias de la Facultad y aquellos días lentos con un sol todavía intenso invitaban a dar clase fuera del aula y yo no podía resistirme a vuestras ansias de luz. ¿Os acordáis del humilde árbol del amor, detrás de la antigua capilla, en el jardín trasero de este espacio que fue en su día Hospital Militar y que por fortuna podemos disfrutar nosotros ahora? Floreció en abril, al inicio de la primavera. Sus flores, de un intenso rosa, brotan antes que las hojas y marcan un fuerte contraste con el marrón oscuro y envejecido de los frutos, las legumbres que permanecen en el árbol desde la temporada anterior. La explosión sorprendente del color sabe al renuevo de la luz, a una juventud que exige ser mirada reivindicándose frente al tiempo de invierno. Lo nuevo junto a lo viejo, el color del fruto ya oxidado por el frío y la lluvia y la sonrisa fresca de los racimos de flor. Todo un símbolo de la Universidad. Pero los árboles no saben de metáforas: la naturaleza cumple sus ciclos con feraz perseverancia.

Los expertos hablan del Trastorno por déficit de naturaleza, un término definido por el periodista y escritor norteamericano Richard Louv en su libro El último niño en el bosque, publicado en 2005, en el que denunciaba uno de los males de nuestra sociedad, que tiene varios retos de primer orden que resolver. Entre ellos este, uno de los más graves. Mucho antes, en su Discurso de ingreso en la Real Academia, titulado El sentido del progreso desde mi obra, Miguel Delibes clamaba “contra la brutal agresión a la Naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología desbridada”. Aquel discurso se pronunció en 1975 y desde entonces las cosas no han mejorado.

Nos hemos arrancado de la naturaleza y vivimos en un entorno cada vez más artificial. En España, en nuestra comunidad, el mundo rural se ha despoblado. Las cifras nos hablan de niveles demográficos propios de una zona desértica. Ya ni siquiera se vuelve al pueblo en verano como antes porque aquellos pueblos han sucumbido al abandono, a la desidia y no ofrecen las comodidades que exigimos. Una de las novedades editoriales de mayor éxito del año pasado fue La España vacía, del escritor Sergio del Molino. Aunque no estemos de acuerdo con algunos puntos de su análisis, el término que acuña brillantemente en el título nos define con exactitud el país. En efecto, hemos vaciado España abandonando el mundo rural al no saberlo apoyar en infraestructuras y servicios adecuados, convirtiéndolo solo en lugar de esparcimiento para seres urbanos que piensan que una excursión de fin de semana por el campo es lo mismo que pasear por un parque temático. Parece imposible un progreso que sea respetuoso con nuestros pueblos y que evite la desertificación de nuestras zonas de interior promoviendo su desarrollo y conservando la naturaleza de su entorno.

No sabemos cómo se llaman los árboles que nos encontramos ni las aves que vemos ni las flores silvestres que llevan todas las sorpresas de color mucho antes de que definieran los matices los sistemas universales de identificación y clasificación de los colores. No he visto rosas, morados, azules, amarillos o blancos mejores que en mis paseos por el campo.

No es solo que ignoremos los nombres. Como estudiantes de filología sabemos lo grave que es no saber nombrar algo, decir, por ejemplo, pardal y no saber que hablamos de un gorrión común. Es como si el pardal mismo no existiera. O ver un gordolobo en el yerbal que encontramos al salir de clase y no saber que se llama así al verbasco, esa planta con roseta basal de tacto de terciopelo a la que cada dos años le crece un largo tallo que se llena de un racimo de flores amarillas, como me enseñó a apreciarlo el naturalista Raúl Alcanduerca en una dehesa salmantina, entre zarzales llenos de moras, pozas de agua y encinas centenarias.

No es solo que ignoremos los nombres de la Naturaleza, es que tenemos con ella una relación problemática que viene de viejos conceptos ya superados como el conflicto entre civilización y barbarie o la expansión de un progreso basado casi siempre en la voracidad de los imperios y de las naciones y en las presiones financieras, que no suelen pararse a comprobar las consecuencias que tendrá para las generaciones posteriores la agresión a la naturaleza, de la que nos solemos creer dueños en nuestra soberbia. La literatura universal está llena de ejemplos que intentan justificar la destrucción de los entornos naturales para la consolidación de una forma de vida centrada en el desarrollo industrial y tecnológico, en la expansión de un modo de vida urbano y consumista.

En las ciudades nació la democracia y la libertad del ser humano como individuo, pero solo cuando estas eran refugio y sabían convivir con el entorno natural. En las últimas décadas hemos urbanizado los bosques, las playas, las sierras y por ello nos hemos creído legitimados para destruir otros bosques, otras playas, otras sierras. No miremos lejos: hace pocos años, en España, un gobierno declaró urbanizable todo el territorio, se cambió la ley de costas para que el cemento llegara a pocos metros del mar y todavía hay que explicar que una depuradora de aguas residuales no es un gasto sino una inversión necesaria para evitar la contaminación de los ríos. Aún encontramos voces que no ven problemas en continuar esta destrucción, que no creen alarmantes los síntomas del cambio climático definidos ya en un consenso científico, con el que se bromea fácilmente. Fuera del respeto a la naturaleza y con el tipo de vida que hemos aceptado, nuestras ciudades no serán más el refugio del ser humano frente a las arbitrariedades del poder sino exclusivas colmenas tecnológicas en el medio de un territorio cada vez menos natural, con todas las consecuencias que esto conlleva.

Desde hace unos años, Fermín Herrero, Premio de las Letras de Castilla y León 2014, ha girado su obra poética para asentarla en su pueblo soriano, Ausejo de la Sierra. Sus mejores poemarios nacen allí: Tempero, La gratitud, Sin ir más lejos. Singularmente, La gratitud, una obra maestra de la poesía contemporánea española. Cuando se abren sus páginas, los versos saben a tierra y cierzo. No solo porque hable de una geografía reconocible, de la naturaleza soriana marcada por las estaciones del año, sino sobre todo porque utiliza las palabras apropiadas para hacerlo, las que las gentes usan para nombrar su entorno:

El sol, el acebal, el ventarrón, la bardera
de nubes, los barbechos abajo, los rebollares
de la dehesa, chaparrales, el sotillo junto
al río, las cañadas, los tesos, barranqueras
y roturos, risqueras, herbazales y el tolmo
de la cuesta, sobre el jaral currucas
y tordillos, un aguilucho y un torzuelo arriba
y a mis pies uñagatas y mielgas, entre
aliagas, tobas y romero.

En Fermín Herrero hay todo un pensamiento sobre la naturaleza y la insignificancia verdadera del ser humano, cosa que se echa en falta en la mayoría de los escritores jóvenes españoles, a los que parecen haberles amputado el paisaje natural. Se aleja Fermín Herrero de la soberbia porque es la única forma de salvar el desapego que hemos marcado con nuestro entorno:

Ignoro por completo la naturaleza
de la savia, su pálpito, su sustancia. Cómo
he podido conjeturar tanto de los árboles
sin haberme jamás avecinado a sus entrañas
y aun sin sentir el pulso, la pujanza
o el letargo. Cómo he podido conmoverme
sin averiguar si en el fondo había algo
o sólo en la corteza lo ilusorio, un espejismo
donde regodear mi pensamiento, la torpeza
y el mismo chopo. El mismo chopo. Que es álamo.

Así, hasta integrarse en la naturaleza como un ser que observa de verdad, que observa para comprender de la única forma posible:

Ha caído una helada sorda, con niebla. Entro
en los barbechos. Soy. Los pardales están
contando su manera de vivir la luz. Poder
respirar, mi fortuna, ver cuajar mi aliento. Las manos
enganchadas de frío mientras busco en el invierno
la lucidez. Buscarla y no encontrarla. La dicha
de estar despierto y pleno porque la tierra
no se olvida. Un gorrión en el campo. Así
de sencillo, de neutro, ser. Los álamos junto
a la reguera, cómo han crecido desde entonces.

Hasta el cardo florece, dice en otro verso memorable. Y más allá, nos explica el mejor triunfo del ser humano:

Sé que la fuente está ahí, en el lugar
donde los berros se arraciman, porque procede
de la pureza su vigor. Que no se esconde de noche
ni en lo profundo, que si estuviese limpia se vería
manar el agua hacia la superficie, moviendo
en espiral el limo. Sé que podría quitar
los berros fácilmente y al aclararse el fango
mi vista gozaría a borbotones, al cumplirse
el deseo de posesión. Y de dominio. Sé también
que el cambio, destruye. Que lo que puedes
rechazar, eres.

Saber quedarse solo con lo justo, dice el poeta, que avisa contra la euforia humana:

De qué
le sirve si al salir de casa estuvo a punto
de pisar tres gurriatos caídos del tejado, todavía
en chichotas, latiendo, despanzurrados contra
el suelo. Y oye el canto de la perdiz. Y se pregunta.

Sabemos que la respuesta a esta pregunta es un trabajo más lento, pero llega más lejos, más profundo:

No me verá el plantón de encinas que están
poniendo en la ladera de la loma, pero será
su sombra tan discreta como acogedora, estoy
seguro, y tal vez llegue el día en que guarezca
a mi hijo, o al hijo de mi hijo. Se plantan para
ser amparo, no importa cuándo sino cómo, no importa
el qué, sino hacia dónde. Así mis padres
sembraron cada año, así mis abuelo, y antes
y después. Nadie es más que nadie. Frente al viento
perseverar: la rama. No hay ni aquí ni allá, pasamos.

Ahora comprendemos la razón de ser del árbol del amor. No de cualquiera sino del nuestro, el que se encuentra en el jardín, humilde y casi escondido. Perseverar. Renacer –rosa y marrón, joven y viejo- cada año. Seremos medidos por nuestro respeto hacia este ciclo que nos debería mejorar cada año, una conciencia ética que debería importarnos más que cualquier otro conocimiento, ostentación o medro. 

Habéis estudiado filología, uno de los campos sustanciales de las humanidades y os habéis acercado a la literatura como manifestación artística de las inquietudes del ser humano, a la lengua como vehículo de lo que llevamos dentro y de la comunicación entre los seres humanos. Dentro de unos minutos seréis llamados para imponeros las becas en esta ceremonia de graduación. No tenéis fácil misión a partir de ahora: perseverar, sembrar para que los que vengan detrás siembren frente a los que destruyen las cosechas, perfeccionar la sociedad comprendiendo que el planeta es parte de vosotros mismos, designar las cosas con sus nombres, buscar las palabras que nos ayuden a comprendernos y explicar cómo otros han usado esas palabras denunciando los casos en los que con ellas han querido comunicarnos para apartarnos de la naturaleza del ser humano, dejar que el árbol del amor –qué maravilloso nombre para un árbol- pueda florecer cuando le corresponde, sumando lo mejor de lo antiguo y lo mejor de lo nuevo. Vosotros sois lo mejor de lo nuevo, hacednos mejores a los antiguos.

Gracias.

jueves, 22 de junio de 2017

La grieta en Pasos en la piedra de José Manuel de la Huerga y noticias de nuestras lecturas.


Hacia el final de la novela se hacen más evidentes los conflictos que modificarán la sociedad española y que se hacen visibles en la grieta de la magnífica y oportuna ilustración de la portada, obra de Rafa Vega (el libro entero está muy bien editado, como es norma, por otra parte de Menoscuarto). José Manuel de la Huerga nos los presenta de varias maneras. Por una parte, directamente, sobre todo en las intervenciones de Jacinto Miguel, joven cachorro fascista. Este personaje es algo caricaturesco pero responde correctamente al comportamiento de algunos miembros de la extrema derecha española de aquellos tiempos, que se consideraban guardianes de un mundo que no debía cambiar, el de la dictadura y sus valores morales. Sus ataques verbales a Germán, la acción contra el convento, las pintadas, todo es coherente con lo sucedido en los tiempos en los que se ambienta la novela. También es expresión directa de los cambios las acciones simbólicas de los elementos de izquierdas -Germán y Peter atentando contra el monumento fascista, cofrades del Camino, jóvenes postulantes- o la noticia de la legalización del PCE.

Pero hay otra expresión más sutil de estos cambios. Ambientada la novela en una época de tradiciones, resultará sorprendente conocer que algunas de ellas no tienen mucho tiempo y que otras pueden estar inventándose en el mismo momento. Basta algún cambio por el motivo que sea, seguido por la masa de los habitantes de Barrio de Piedra, para que la tradición se reinvente. No sé si está en el propósito inicial del autor pero hay una lectura del sistema según el cual este puede adaptarse y sobrevivir a la mayoría de los cambios, integrándolos y dotándolos de un significado similar a las tradiciones más antiguas. Muchos de los habitantes de la ciudad estarían dispuestos a jurar que esa nueva tradición existía desde siempre...

El próximo jueves terminamos el comentario de esta novela, abordando uno de los elementos simbólicos sustanciales, la posibilidad o no de la Resurrección en la meseta castellana gracias al amor.

Noticias de nuestras lecturas

La madre de Mª Ángeles Merino vuelve a colaborar con ella en una de nuestras lecturas.  Y es una delicia leer el diálogo entre madre e hija. Para no perdérselo.

Myriam Goldenberg presta atención a la presencia del tópico del judío en la novela de José Manuel de la Huerga ambientada, como sabemos, en la semana santa. Es interesante y oportuno el contraste. Una primera entrada como introducción y otra con el análisis de la cuestión en la novela, imprescindible.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos.
Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog.

Con esta lectura, que nos ocupará hasta la próxima semana, cerramos el curso actual del Club de lectura. En julio anunciaré los primeros títulos del próximo. Admito sugerencias que me podéis hacer llegar a través de comentarios en el Facebook o en esta entrada del blog o por correo electrónico. Recordad que leemos, por turnos, un autor vivo y otro muerto, títulos escritos siempre en español como lengua original. Para el próximo curso ya tenemos en cartera: La sirena de Gibraltar de Leandro Pérez, El hombre pez de José Antonio Abella, La noche que no paró de llover de Laura Castañón, Don Juan Tenorio de José Zorrilla y una selección de novelitas de María de Zayas.

miércoles, 21 de junio de 2017

Se abre el verano


Sube la música de la plaza vecina por la ventana abierta. Si cierro los ojos recuerdo las persianas de madera pintadas de verde y el ruido de los grillos, la música lejana de la verbena -limonada, sangría y canela, el olor del pelo de las muchachas, las estrellas-, como promesa para el siguiente año. Acaba de parar la música, mañana es día laborable y la banda recoge los instrumentos. Se escucha la risa y la noche en flor, promesa de verano siempre. ¿Habrá en la plaza muchachas con melena suelta? No bajarás a comprobarlo. Apagas las luces de la casa. Te acuestas sin tapar. Te quedas dormido mientras la ciudad se silencia: lejanas sirenas, algunas risas de quienes regresan a sus casas. Un niño llora. La televisión de un vecino, alguien recoge la mesa. Se abre el verano.

martes, 20 de junio de 2017

lunes, 19 de junio de 2017

Y habrás de conocer a Juan Galán


Todo bien. Calor. Y unas hormigas chiquitas.Visita fugaz a tierras del sur por motivos de trabajo relacionados con la organización de los actos que conmemoran allí el bicentenario del nacimiento de José Zorrilla. En Ayamonte, los amigos José Luis Rúa y Cinta: abren cada calle como si llevaran las llaves en los bolsillos para nosotros, generosos de sonrisas y palabras. Y el río hacia el mar. Se caen los vencejos adultos de los árboles y quedan en el suelo sin poder moverse, con las alas abiertas, quizá buscan comprender su nueva perspectiva del mundo. Solo los niños que se les acercan, curiosos, podrían explicarles algo. Buen pescado fresco y noche serena en Don Petisco, en Vila Real de Santo António: hay que pasar siempre a Portugal. En Ayamonte, el estudio de Juan Galán está cerrado pero habrás de conocerlo desde aquel perro retratado en el Choco y ahora esa mujer sentada en la puerta. Te sonríe, feliz. Quizá ella sí sabe ya por qué se caen los vencejos de los árboles y las hormigas chicas se adueñan de las casas y de las aceras. Y el río, camino del mar, turquesa y noche.

viernes, 16 de junio de 2017

jueves, 15 de junio de 2017

Entre la tradición y la ruptura: Pasos en la piedra, de José Manuel de la Huerga y noticias de nuestras lecturas


Como sabemos, Pasos en la piedra está ambientada en la semana santa española de 1977, cuando se legalizó el Partido Comunista. Una época de cambios bruscos en España que se reflejan sutilmente en la novela y no solo por las noticias de esa legalización. Parece que las celebraciones de semana santa son las de siempre: el narrador las describe minuciosamente, no falta nada, ni siquiera las pequeñas anécdotas que se convierten en tradiciones pasado el tiempo y cuya razón de ser termina perdiéndose en los tiempos de la trasmisión oral unas pocas generaciones después. Esto es, en sí mismo, uno de los valores de esta novela que no sé si los lectores más preocupados por las incidencias del argumento sabrán apreciar. Para hacerlo hay que leer con gusto lento y no querer saber antes de tiempo la suerte de tal o cual personaje o la resolución de alguna de las varias tramas cruzadas. No conozco muchas narraciones literarias más ajustadas de algunas de las tradiciones, pasos y procesiones de la semana santa castellana. En Pasos en la piedra se funden varias de diferentes localidades y el lector interesado sabrá identificarlas en esta suma. Es parte de ese carácter simbólico-mítico de Barrio de Piedra.

En los momentos narrados encontramos unas fuerzas que intentan que nada cambie, que todo siga igual. No necesariamente todas afines al régimen franquista como las fuerzas vivas más reacias al cambio o los grupos de extrema derecha: algunas lo hacen por amor y fidelidad a la tradición. En el lado opuesto, otras buscan los cambios: no todas son extremistas de izquierda. Germán mantiene una posición conflictiva. Lleva dentro de sí todas las tradiciones de su ciudad y las ama aunque no esté dispuesto a aceptarlo, pero vive ideológicamente en una posición totalmente contraria.

El padre Alas capitanea una interesante posición intermedia que refleja una posición vivida en la iglesia católica de aquellos tiempos, tras el Concilio Vaticano II (1962-1965). La Comunidad Cristiana de la Huerta de los Frailes pretende una espiritualidad más sincera, despojada de muchos de las manifestaciones externas del ritual católico, una iglesia pobre más cercana del cristianismo de los primeros tiempos. En ella se ha introducido el pensamiento reformista y sus más jóvenes participantes han formado un grupo de debate un tanto clandestino que se llama Grândola, por influencia de la canción que simbolizó el inicio de la revolución de los claveles en Portugal. En aquella comunidad está Juan que, en la Huerta, conoce a la joven musulmana Ashma, iniciándose entre ellos una relación sentimental contraria a todas las normas convencionales.

Ashma protagoniza también uno de los pasajes más interesantes de la narración al aparecerse en la madrugada del viernes santo al poeta y eremita Claudio Pino, quien la lleva a la casa del imaginero Tapias, en la que vive la joven. En el taller del escultor, abrazada dormida a una estatua articulada de Cristo yacente, hace posible lo que el padre Alas creía imposible: un Cristo resucitado en la semana santa castellana. El erotismo inicial de la escena -más en la mente de Tapias y en lo que se desencadena en el lector, claro, que en la intención de la joven- da paso en seguida al símbolo del amor y de la alegría de la resurrección que superan el sufrimiento, el dolor y la orgía de sangre de las imágenes procesionales y los penitentes que se flagelan.

Por el mismo camino va la complicidad entre Germán y su amigo alemán, Peter. Este, en la misma madrugada del viernes santo, medita como antropólogo, sobre lo que ha visto en esos dos días en los que lleva en la ciudad. Desde su altura científica se cree capacitado para explicar todo como una dolencia, como un trastorno psiquiátrico, una especie de catarsis colectiva de una sociedad detenida en el tiempo. No se ha dado cuenta, aún, de que se han introducido ya los elementos del cambio: el amor y el conflicto social.

Noticias de nuestras lecturas

Mª del Carmen Ugarte dedica una brillantísima entrada a una de las características más brillantes de esta novela, el trabajo con el lenguaje, sello estilístico del autor. Para no perderse esta entrada.

Myriam Goldenberg analiza una de las claves de la novela: la posibilidad de encuentro de mundos y perspectivas diferentes a través del amor. Excelente forma de ver la narración.

Mª Ángeles Merino levanta acta de la última sesión del curso en el formato presencial del Club de lectura. Allí está casi todo: las opiniones sobre Brillante, la forma de leer Pasos en la piedra y el sencillo homenaje a Azorín para conmemorar los cincuenta años de su fallecimiento. Por aquí seguiremos con Pasos en la piedra hasta final de mes.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos.
Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog.

Con esta lectura, que nos ocupará todo el mes de junio, cerramos el curso actual del Club de lectura. En julio anunciaré los primeros títulos del próximo. Admito sugerencias que me podéis hacer llegar a través de comentarios en el Facebook o en esta entrada del blog o por correo electrónico. Recordad que leemos, por turnos, un autor vivo y otro muerto, títulos escritos siempre en español como lengua original. Para el próximo curso ya tenemos en cartera: La sirena de Gibraltar de Leandro Pérez, El hombre pez de José Antonio Abella, La noche que no paró de llover de Laura Castañón, Don Juan Tenorio de José Zorrilla y una selección de novelitas de María de Zayas.

miércoles, 14 de junio de 2017

¿Qué has hecho de mí?


El verano, este verano anticipado, todos los veranos, es tiempo de caminar junto al agua. El caminante busca su frescor, la paleta fría del color del agua, la brisa suave de las orillas del río, el rumor tranquilo de la corriente. En verano nos aproximamos al agua para escapar del calor y buscando el recuerdo de aquellos jóvenes que ya no somos pero caminan con nosotros. A veces en silencio, a veces hablándonos: ¿qué has hecho de mí? En el verano, las aguas, mansas, nos aguardan.

martes, 13 de junio de 2017

Homenaje a Azorín del Club de lectura de La Acequia y Alumni UBU


Ayer lunes los miembros del Club de lectura de La Acequia y de Alumni UBU (el nuevo nombre que ha adoptado la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Burgos para identificarse con el resto de este tipo de asociaciones universitarias en un proyecto que fortalecerá sus relaciones) rendimos un sencillo homenaje a Azorín con motivo de cumplirse el pasado día 2 de marzo los cincuenta años de su fallecimiento. No estábamos todos, las fechas se adentran ya en el verano, los compromisos son muchos y el calor extremo de estos días no invitaban a salir a primera hora de la tarde.

El acto, hasta donde se me alcanza, es el único que rinde homenaje a José Martínez Ruiz, Azorín, por estas tierras en el presente año. Y no parece que en el resto de España se le recuerde demasiado. No está de moda leer hoy a Azorín, que es un ejemplo de prosa y tratamiento de la literatura como forma de comprender la realidad y el mundo. Por una parte, la razón puede ser el desapego creciente que sentimos los españoles por la cultura y por otra que a muchos se les atraganta o bien su conservadurismo en las últimas épocas de la vida o bien su voluntaria separación de las corrientes más populares, cosa que cultivaba tanto en su personalidad como en su obra. Hacen mal los que no leen a Azorín por estas razones. Su prosa es prodigiosa, llena de admirables hallazgos y siempre apasionante. Es, además, uno de los mejores columnistas de la historia de la prensa española tanto en la crítica cultural o en la lectura de los clásicos como en el retrato costumbrista de gentes y paisajes o en el artículo construido a partir de un pequeño cuento. También en la crónica de viajes. durante cincuenta años fue un nombre indiscutible en las páginas de los periódicos y sus artículos del ABC eran esperados por todos los lectores, incluso los más contrarios ideológica o estéticamente a sus posiciones.

El acto tuvo lugar ante las ruinas del Convento de San Francisco, en la calle de Azorín de Burgos. Tuvimos el privilegio de que Manuel Sancho, presidente de Alumni UBU y persona admirable en su comportamiento en todo tipo de situaciones, nos contara la historia de cómo se decidiera asignar esa calle a la memoria de Azorín cuando se abriera en 1988. Manuel Sancho fue uno de los que más impulsaron el hecho de que se nombrara así este tramo entre la calle de San Francisco y la de José Zorrilla. A continuación, hablé brevemente sobre las relaciones entre Azorín y Burgos (tema sobre el que en su día escribí un artículo) y leí el artículo Burgos, de 1946, que se incluyó en el libro La Cabeza de Castilla (publicado en 1950). Elegí el texto no solo porque aludiera a Burgos. Azorín veía a Burgos, como una ciudad entre española y francesa, abierta a Europa y cuidadosa con la naturaleza, pero elegí el artículo por este fragmento:

Y en suma, el Santo Patrono de Burgos es un francés: San Lesmes. Sobre su tumba, en su iglesia, está San Lesmes, con un libro en la mano, leyendo. Burgos, pues, está presidida por un lector.

Qué mejor manera de celebrar a Azorín en Burgos un club de lectura.


lunes, 12 de junio de 2017

Tiempo de piscinas


Cuando yo era niño, poca gente tenía piscina propia: tenerla o no tenerla era una distinción de clase como hoy marca la diferencia en gran parte del mundo. Cuando yo era muy joven, en mi ciudad había dos piscinas junto al río que abrían en la temporada de calor, la Deportiva y la Samoa. No sé la razón de elegir una u otra, pero uno era de la Deportiva o de la Samoa y los asiduos de la otra le parecían tipos estirados o extravagantes de los que había que burlarse. Yo fui poco de piscina. Mi paga semanal no daba para tanto, así que no sé si era verdad que los de la Deportiva o los de la Samoa eran gentes pijas y presumidas. Acudí a ellas pocas veces. En las piscinas huele siempre a cloro y crema bronceadora, los chavales gritan alegres y suena música de verano. Vino después la moda de las piscinas en las comunidades de vecinos y en las urbanizaciones, se abrieron piscinas municipales y derribaron la Deportiva y la Samoa. De mi infancia no queda casi nada. Ni las piscinas. Quizá, tan solo la sensación del frescor del agua sobre la piel de los hombros, quemada. O la decepción cuando aquella chica ni se daba cuenta, al pasar, alta, morena y decidida, de que yo estaba mirándola.