lunes, 22 de mayo de 2017

Una hora contigo sobre la palabra asfalto: el poder de la expresión poética en Brillante de Luis Ángel Lobato y noticias de nuestras lecturas.


(Esta entrada, correspondiente al Club de lectura, debería haberse publicado el pasado jueves, como es habitual, pero mis compromisos en la Feria del libro de Burgos me lo impidieron.)

En Brillante todo gira entorno al sentimiento amoroso y adensa en pocos poemas el ciclo: espera y búsqueda, encuentro y pérdida. De hecho, el ritmo poético se ajusta perfectamente a este ciclo y la densidad que menciono solo puede expresarse por la misma conciencia de la palabra, que hace poético cualquier momento:

Una hora contigo
sobre la palabra
asfalto
es suficiente.

Me he quedado enredado durante horas en esta expresión usada por Luis Ángel Lobato. El encuentro en la calle con la amada se ha trasformado en poema y hasta una palabra no poética -asfalto- adquiere una tensión lírica extraordinaria (es un recurso hábilmente manejado en todo el libro). Se recupera unos poemas más adelante, desarrollando la imagen con la misma potencia:

Entonces
el voltaje de los adoquines,
la reluciente inexactitud
bajo el aguacero.

El amor, así, es poema que expresa la obsesión del sentimiento. La voz lírica nos conduce hasta el encuentro, en INTERIOR, de los amantes:

Muy pronto
cierras de golpe una puerta
que respira
y salgo a su interior.

El poeta sale de su propia soledad para entrar en un interior compartido. El encuentro es pleno pero no exento de angustia ante el amanecer. Lobato desarrolla aquí un tema clásico en la poesía de todo tiempo y condición: la desesperación de los amantes ante el nuevo día, que los separa. El encuentro está medido en tiempo:

Permanecemos
sin señal,
intuyendo
las ojeras del amanecer.

Ante el temor o la seguridad de la separación solo queda la expresión poética para remediar el mal, puesto que solo así se pueden vencer los tiempos verbales:

Por nosotros
medito una imagen adherente
que te leí
el próximo anochecer.
Porque 
yo te besé mañana.

Pero sobre ese mañana escribiré la próxima semana.

Noticias de nuestras lecturas

Mª Ángeles Merino continúa cediendo el puesto a su hermano Agustín a la hora de abordar Brillante, que se centra aquí en el color azul, tan repetido en la obra de Luis Ángel Lobato y luego aborda el misterio de lo poético.

Luz del Olmo continúa su glosa poética de Brillante: aquí se acerca a lo nocturno y a la simbología del color azul.




Pancho debate sobre la aparición del Yo en la novela de Torrente Ballester que nos ocupó hace meses y que a él sigue deparándole entradas memorables. ¿Es posible el yo cuando eres miembro de una saga? ¿Es posible la realidad en esa quinta provincia gallega? Aquí podéis verlo.


El próximo jueves terminamos con el comentario de Brillante, de Luis Ángel Lobato, y nos adentraremos en las páginas de la novela Pasos en la piedra, de José Manuel de la Huerga, último Premio Castilla y León de las Letras. Será el título con el que cerremos el presente curso del Club de lectura.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos. 

Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog.

martes, 16 de mayo de 2017

Racimos de flor de acacia


Estoy en Béjar. Mañana doy una charla aquí sobre Cómo contar tu propia historia. En el paseo por la sierra, a última hora de la tarde, vi la tierra removida por el hocico de los jabalíes en varios lugares y la regaderas corrían alegres y vocingleras buscando los prados, más abajo. El campo entero olía a tierra, a hierbas aromáticas y a flores. La primavera se ha adentrado hasta en los rincones más escondidos de la sombra. Ahora están en flor las falsas acacias, engalanadas con racimos blancos. Las olí antes de verlas. Cómo contar tu propia historia: de niño, el olor a flor de acacia camino del colegio, pregonado ya el verano, y el sabor de sus flores que me comía a puñados cuando todo podría haber sido distinto o igual, quién sabe. De pronto, el olor de la flor de la acacia y está resumida gran parte de tu propia historia.

lunes, 15 de mayo de 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Somos reciclables?


Ayer, por un tema menor de un familiar, me pasé varias horas en las urgencias de un hospital. Ya sabemos que la crisis económica fue aprovechada en España para establecer recortes en los presupuestos de la sanidad pública que han llevado, junto a otros intereses sectoriales y corporativos, a largas listas de espera y escasez de médicos en algunos servicios. Todo ello ha provocado el colapso en las urgencias hospitalarias y que cuando se entra en este servicio, el enfermo y sus acompañantes deben armarse de paciencia ante la espera de varias horas. Nosotros entramos a las seis y media de la tarde y salimos a la una de la madrugada.

En la sala de espera se crean relaciones entre los que allí se encuentran. El que llega se limita a saludar y ocupar una silla pero a las pocas horas se itercambian confidencias y toda clase de opiniones. Sobre el sistema sanitario también, claro.

En una parte de la sala había tres contenedores para reciclar materiales diversos y el tedio de la espera me provocó varias reflexiones sobre si somos o no reciclables los seres humanos, sobre si nuestra individualidad es lo suficientemente importante como para que se conserve una vez que no somos nada más que residuos y sobre la calidad de estos como materia orgánica. ¿En qué contenedor debería arrojar mi cadáver, por ejemplo, los cabellos que pierdo cada día, las uñas que me recorto, los versos que no termino o los que temino, incluso?

viernes, 12 de mayo de 2017

Qué certidumbre tu piel


Fugaz
la vida,
pero qué certidumbre
tu piel anoche
en el abrazo
que nos llevaba al sueño.

 © Pedro Ojeda Escudero, 2017

jueves, 11 de mayo de 2017

Brillante o cómo guiar el ritmo de lectura de los poemas y noticias de nuestras lecturas.





Los primeros siete poemas de Brillante se nos presentan como una sucesión de imágenes difíciles de interpretar en una primera lectura:

Alguien como tú
no ha venido 
a esta respiración
convexa
del despertar.

El primer poema del libro relata eso, precisamente, la búsqueda de las grietas entre la realidad a través del lenguaje mismo (las referencias al manuscrito, el agrafismo), la palabra misma pierde su consistencia material. El poemario está escrito en versos cortos y estos primeros poemas nos presentan la acumulación de elementos, imágenes personales desarrolladas en frases perfectas sintácticamente pero de fuerte contenido enigmático y hasta surrealista. En esa frontera entre la realidad y lo que se vislumbra más allá todo se dice de la misma manera:

Son tenues
esos dedos de mujer
y se inclinan hacia mí.

Ante la falta de referencias que aclaren todavía el significado de estas imágenes la voz poética lleva al lector de la mano por un camino que lo zarandea en su querencia racional de significado pero que lo atrapan por su expresividad y sugerencia de misterio que aclarar:

Alzar despacio
la trampilla de aureolas
para que ningún grito
inseguro
se haga pedazos.

El lector intuye que entre las imágenes le han hurtado las conexiones, las explicaciones que pide su lógica, pero el poeta se las reserva aún porque busca conseguir precisamente esa misma sensación de una cierta desorientación en el caminar -la misma que tienen poeta y poema-. A la que responde también el nervio de esos versos cortos que no dan tregua en la lectura.

Pero llega el poema octavo y el poeta abre la mano para permitir que el lector entre en su mundo y comprenda lo que ha querido trasmitir hasta ese momento y dónde se halla, hasta el anuncio de la soledad futura. El poemario entero se abre:

Dentro de poco 
no sé qué voy a hacer
sin tus praderas
cotidianas:
quédate conmigo.

En estos primeros poemas Luis Ángel Lobato ha dominado perfectamente el tono con el que quiere que se lea su poemario, la forma en la que desarbola la lógica cotidiana del lector, al que ya ha hecho suyo y ha modelado en el ritmo querido. Una lección magistral para conducir el tono de lectura, ajustada a lo anunciado en la nota introductoria del poemario.

Noticias de nuestras lecturas

Luz del Olmo recrea en verso el dolor por la ausencia de la amada en Brillante. Un poema sobre otro poema. No te lo pierdas. Sigue después con la glosa de la necesidad de comunicación y el sentimiento que provoca su pérdida...

Se adensan las palabras con acierto en el comentario que Mª Ángeles Merino publica de Brillante: de su hermano, claro, que el de ella todavía se hace esperar. Aquí continúa también su hermano entre memoria de cicatrices y acertadas reflexiones.

Mª del Carmen Ugarte confiesa leer el poemario de Lobato en un mal momento en el que se le llenan de trágicas connotaciones. La poesía se recrea en cada momento de recepción, desde luego. Y Sabina...


Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos. 
Durante el resto del curso leeremos:
-Pasos en la piedra, de José Manuel de la Huerga (junio). Como es ya conocido, esta novela ha obtenido el XV Premio de la Crítica de Castilla y León, fallado el pasado día 8 en Ávila, lo que da mayor interés, si cabe, a su lectura.

Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Un acontecimiento editorial. Edición facsímil de Zorrilla: Su vida y sus obras, de Narciso Alonso Cortés


Pocas veces se tiene la fortuna de participar en un proyecto que, desde el principio, se sabe tocado por el don de la oportunidad. El Ayuntamiento de Valladolid publica edición facsímil de un clásico de la filología española, uno de esos textos que se han convertido en imprescindibles para el estudio de una época y un autor. Este es el caso de Zorrilla: Su vida y sus obrasde Narciso Alonso Cortés. El libro se publicó por vez primera en tres volúmenes que aparecieron desde 1916 hasta 1920 y, desde el principio, se convirtió en una obra de referencia usada y copiada por todos los estudiosos sobre la historia literaria española del siglo XIX y sobre Zorrilla. El trabajo de Alonso Cortés fue metódico en la recopilación de datos, ordenación de las referencias, establecimiento de la biografía definitiva sobre Zorrilla e interpretación de la aportación del romántico a la literatura española. Aunque investigaciones posteriores han modificado parcialmente algunas cuestiones o aportado otras referencias y hallazgos, lo sustancial del trabajo sigue siendo válido e imprescindible para cualquier estudio sobre este autor. Por otra parte, Alonso Cortés consiguió un texto que también apasiona al mero aficionado a las biografías de personalidades o la reconstrucción de una época. En sus páginas se levanta una época entera.

Alonso Cortés publicó una segunda edición de su obra, corregida y ampliada, en 1943. Entre los libros donados a su fallecimiento al Ayuntamiento de Valladolid se conservaba un ejemplar de esta segunda edición con anotaciones del estudioso que es el que se ha tomado ahora como base para esta edición facsímil. He tenido la fortuna de redactar el estudio introductorio que acompaña al texto. Y, para que este sea del todo manejable y útil para el lector general y el especialista, se publica con una herramienta fundamental de la que carecía, un magnífico índice de nombres elaborado por la profesora Irene Vallejo González.

Por otra parte, la edición está cuidadísima y se ha conseguido un volumen cómodo y elegante, con un diseño atractivo y un precio asequible para todos -ha sido una de las preocupaciones de los editores siempre-. Paz Altés ha sido el alma de esta edición, un viejo proyecto suyo, y a ella se le tiene mucho que agradecer.

Editar el volumen en los actos del bicentenario de Zorrilla es también un gesto significativo porque pone en limpio y accesible el mejor estudio que existe sobre este autor. Una de las misiones más importantes de una institución pública. Y, a la vez, constituye una especie de homenaje al autor de la monografía, trabajador infatigable, profesor de varias generaciones de estudiantes que pasaron por las aulas del Instituto Zorrilla y promotor de la Casa Museo Zorrilla.

Se presenta oficialmente el libro mañana jueves día 11 a las 13:00 hs. en la Sala principal del Teatro Zorrilla de Valladolid, en los actos de la Feria del Libro de esa ciudad. Intervienen: Óscar Puente, alcalde de Valladolid, Teófanes Egido, cronista oficial de Valladolid, Pedro Ojeda Escudero e Irene Vallejo González.

martes, 9 de mayo de 2017

Paisaje


Mi paisaje -ya lo sabéis-
es un páramo infinito,
un cielo presente y tierra
con el horizonte fino.

¡Adentro todo, tan lejos,
para arrojarse al camino!

© Pedro Ojeda Escudero, 2017

lunes, 8 de mayo de 2017

domingo, 7 de mayo de 2017

como si la luz fuera madrugada

A veces todo tiene la textura del sueño
como si la luz fuera madrugada
grieta que amenazara el edificio
al cerrar nuestros ojos: pero no,
en esto se contiene
la vida.
© Pedro Ojeda Escudero, 2017

sábado, 6 de mayo de 2017

mi exclusivo nombre de poeta




mi exclusivo nombre de poeta
La vocación de escritor en José Zorrilla

Discurso pronunciado por Pedro Ojeda Escudero en la ceremonia de imposición de becas de los colegios mayores adscritos a la Universidad de Valladolid (sábado 6 de mayo de 2017).

Sra. Vicerrectora de Estudiantes y Extensión Universitaria, sres. directores de los colegios mayores María de Molina, Menéndez Pelayo, San Juan Evangelista y Peñafiel, profesores, queridos colegiales, familiares y amigos. Sras. y sres.:

Espero que me disculpen. Hoy vengo a hablar de un mal estudiante. De un pésimo estudiante. Un estudiante que en vez de aprovechar las clases de la Facultad de Derecho en la Universidad de Valladolid se dedicaba a escribir versos y leer, leer mucho, sobre todo a los jóvenes escritores más exaltados de su tiempo. A José Zorrilla, este hábito de no estudiar le venía de lejos. A los nueve años ingresó en uno de los mejores colegios de la España del siglo XIX, el madrileño Real seminario de nobles, como nos lo cuenta en sus Recuerdos del tiempo viejo, esas memorias que constituyen uno de los mejores testimonios en prosa de la literatura autobiográfica española y que merecen ser más leídas:

En aquel colegio comencé yo a tomar la mala costumbre de descuidar lo principal por cuidarme de lo accesorio: y negligente en los estudios serios de la filosofía y las ciencias exactas, me apliqué al dibujo, a la esgrima y a las bellas letras, leyendo a escondidas a Walter Scott, a Fenimore Cooper y a Chateaubriand, y cometiendo, en fin, a los doce años, mi primer delito de escribir versos.

Perseveró en la costumbre en sus estudios de leyes en la Universidad de Toledo, a donde su padre, don José Zorrilla, le envío al cuidado de un tío suyo:

Mi tío, el prebendado a cuya casa me había enviado mi padre, que había creído recibir en ella a un pajecillo que le ayudara a misa y le acompañara al coro llevándole el paraguas y el breviario, se escandalizó de que yo leyera a Víctor Hugo; a quien él confundía, sin que lograra yo sacárselo de la cabeza, con Hugo de San Víctor, expositor de Sagrada teología, de quien él suponía que los franceses habrían encontrado algunos versos inéditos; tomó muy a mal mi amistad con algunos estudiantes de la alta sociedad de Madrid, que como Pedro Madrazo eran condiscípulos míos de colegio, y concluyó por escribir a mi padre que yo no era más que un botarate, que más iba para pinta-monas que para abogado, según los papelotes que llenaba de piedras, de torres y de inscripciones, ya en posesión de los búhos y cubiertas de telarañas.

Como sabemos, su padre era un alto magistrado que ocupó relevantes cargos en el reinado de Fernando VII, significado por su ideología absolutista y contrario al bando isabelino, por lo que sería desterrado a Lerma. Hay que imaginarse a don José mirando con prevención las inclinaciones literarias y bohemias de su hijo, que se negaba tozudamente a seguir sus pasos en la magistratura. Desesperado, lo envió a continuar sus estudios en Valladolid, al cuidado de un amigo, procurador de la Chancillería, y la protección del Rector de la Universidad, D. Manuel Tarancón, Obispo después de Córdoba y más tarde Arzobispo de Sevilla. Ya sabemos la historia. El joven Zorrilla perseveró en sus tendencias:

Atraqueme, pues de Casimire de la Vigne, de Víctor Hugo, de Espronceda y de Alejandro Dumas, de Chateaubriand y de Juan de Mena, y del Romancero y de Jorge Manrique, y no pude digerir cuatro páginas del Heinecio, ni de las Pandectas: en vista de lo cual, el procurador a quien por él estaba encargado, escribió a mi padre punto más de lo escrito por el prebendado: esto es, que yo no era más que un holgazán vagabundo, que me andaba por los cementerios a media noche como un vampiro, que me dejaba crecer el pelo como un cosaco, y que era, en fin, amigo de los hijos de los que no lo habían sido nunca de mi padre, como Miguel de los Santos Álvarez. Parece que su padre y el mío, ambos abogados relatores en otro tiempo de la Chancillería, realista mi padre y liberal el de Álvarez, no se habían mirado nunca de buen ojo. Los hijos, inconscientes y ajenos de las divisiones de los padres, nos amamos de mozos y aún somos amigos en la vejez: cuestión de los tiempos y de los caracteres.

Aún así, el comprensivo Rector le hizo ganar curso. Durante las vacaciones del verano, en Lerma, su padre lo advirtió al enviarlo por tercera vez a estudiar a la Universidad de Valladolid:

«tú tienes traza de ser un tonto toda tu vida, y si no te gradúas este año de bachiller a claustro pleno, te pongo unas polainas y te envío a cavar tus viñas de Torquemada». Era mi padre muy hombre para hacer tal con su hijo; pero ya era yo hombre perdido para los estudios serios: odiaba a Justiniano y se me daba una higa de todos los doctores in utroque de todas las universidades de España: adoraba en sueños a García Gutiérrez, a Hartzenbusch y a Espronceda; y ver una obra mía impresa, y apretar la mano de amigo a estos ilustres poetas, me parecía destino de más prez que el de llegar a ser un Floridablanca; el demonio de la poesía estaba ya posesionado de todo mi ser; y con disgusto de Tarancón y estupefacción del procurador, anuncié redondamente que así me graduaría yo a claustro pleno aquel año, como que volaran bueyes. Metiéronme, pues, en una galera, que iba para Lerma, a cargo del mayoral: pensé yo en el camino que mi vida en mi casa no iba a serme muy agradable; y sin pensar, ¡insensato!, en la amargura y desesperación en que iba a sumir a mi desterrada familia, en un descuido del conductor eché a lomos de una yegua, que no era mía y que por aquellos campos pastaba, y me volví a Valladolid por el valle de Esgueva, que era otro camino del que la galera había traído.

Al bueno de Zorrilla, pasando los años, al recordar todos estos sucesos en los Recuerdos del tiempo viejo se le debió olvidar que en aquel curso no fue tanto su negativa como su participación decidida en los tumultos estudiantiles contra el catedrático de Instituciones Canónicas lo que le empujó a ser apartado de las aulas.

Y así comenzó la historia verdadera del escritor José Zorrilla, abandonando los estudios de leyes, huido de la familia y robando una yegua, que terminó vendiendo para pagarse el pasaje en otra galera en dirección a Madrid. Tenía 19 años y quería ser escritor. Y aquí viene la lectura de su biografía que propongo hoy. Zorrilla quería ser escritor por encima de todas las cosas y lo arriesgó todo por ello. En sus primeros tiempos en Madrid pasó hambre y frío y, dado su carácter descuidado siempre en la economía, nunca nadó en abundancia de dinero a pesar de sus éxitos teatrales y su constante dedicación a la escritura como medio de vida bien pagado. Zorrilla fue lo que quiso ser, un profesional de la escritura, uno de los autores más populares de nuestra literatura. Cuando se consagró ante la tumba de Larra leyendo aquellos tremebundos versos que le lanzaron a la fama, se desvaneció y todos creyeron que era producto de la emoción pero él nos cuenta que se debió sobre todo al hambre y la falta de sueño de aquellos días oscuros de Madrid en los que, sin embargo, fue tan feliz porque había tomado las riendas de su propia vida.

Muchas veces los padres y la sociedad se empeñan en decidir los estudios de los jóvenes y no escuchan su voluntad. No sirve de nada entrar en una carrera universitaria que no queremos ejercer por mucho que la familia o la sociedad nos indiquen ese camino. Esta elección siempre debe partir de uno mismo como parte del proceso de madurez individual para poder ser responsables de todos nuestros aciertos pero también de todos nuestros errores. La vida de Zorrilla es un buen ejemplo que debemos aprender. Su padre se empeñó en que siguiera la carrera jurídica y no lo escuchó. Las consecuencias fueron durísimas emocionalmente para ambos. Zorrilla siempre lamentó que su padre no le perdonara aquello, como no le perdonó tampoco que se casara con una mujer mayor que él. Llevó a sus obras continuamente este conflicto paternofilial que, en gran medida, explica su Don Juan Tenorio. El padre de don Juan, don Diego, lo desconoce en público cuando su hijo le arranca el antifaz con el pasaba desapercibido:




DIEGO.

¡Villano!
¡Me has puesto en la faz la mano!
JUAN.

¡Válgame Cristo, mi padre!
DIEGO.

Mientes, no lo fui jamás.
JUAN.

¡Reportaos, con Belcebú!
DIEGO.

No, los hijos como tú
son hijos de Satanás.
Comendador, nulo sea
lo hablado.
GONZ.

Ya lo es por mí;
vamos.
DIEGO.

Sí, vamos de aquí
donde tal monstruo no vea.
Don Juan, en brazos del vicio
desolado te abandono:
me matas..., mas te perdono
de Dios en el santo juicio.
(Vanse poco a poco don Diego y don Gonzalo.)
JUAN.

Largo el plazo me ponéis:
mas ved que os quiero advertir
que yo no os he ido a pedir
jamás que me perdonéis.
Conque no paséis afán
de aquí en adelante por mí,
que como vivió hasta aquí,
vivirá siempre don Juan.

En el fondo, la gran novedad del Tenorio de Zorrilla es el enfrentamiento entre dos concepciones de vida y de espiritualidad católica: la antigua, la de don Diego, don Gonzalo, estricta y monolítica –aunque con matices entre ambos-; la nueva, la de don Juan y doña Inés, presidida por el amor y la posibilidad de contrición, el arrepentimiento sincero por obrar mal que se gana el perdón de Dios. Ese perdón que no obtuvo Zorrilla ni cuando escribiera su mejor drama para congraciarse con el padre defendiendo su ideología absolutista, Traidor, inconfeso y mártir.

Zorrilla debió echar mucho de menos ese perdón en 1885, la falta de reconciliación con el padre lo acompañó toda su vida y la llevó también el día en el que ingresó en la Academia, el mayor reconocimiento oficial que podía recibir un escritor en su tiempo.

Como en casi todas las cosas de su vida, José Zorrilla tuvo una relación excéntrica –como él mismo dijo- con la Real Academia Española. Fue elegido académico por primera vez en 1848 pero estaba a sus cosas (murió su padre y huyó a París para escapar del lado de su mujer) y se le pasó el plazo que entonces regía para tomar posesión. Fue elegido, de nuevo, treinta y cuatro años más tarde, en 1882. Toda una vida esos 34 años. Los mismos que tenía su amigo Espronceda cuando murió en 1842, muchos más de los que contaba Larra cuando se suicidó con 28 años en 1836 y ante su tumba se consagrara Zorrilla como la esperanza de la joven literatura española. Zorrilla, en gran medida, fue un superviviente a su época. Tomó posesión de su sillón, finalmente, el 31 de mayo de 1885, a los 68 años. La sesión fue presidida por el rey Alfonso XII y la familia real. En 1848 le correspondió la silla H, en 1885 la L. Para continuar su relación excéntrica con la Real Academia Española, pronunció su discurso en verso, como no había hecho nadie antes. En esos versos se preguntaba:

¿Qué es lo que me ha valido la honra doble

de aceptarme dos veces la Academia?

El bagaje de verso que me sigue

y mi exclusivo nombre de poeta,

que, título o apodo, estigma o nimbo,

encoroza o corona mi cabeza;

pero que, honroso título o estigma,

yo soy el solo que sin más le lleva,

el único que más no ha sido nunca

y el solo acaso de la edad moderna.

La poesía fue mi único vicio,

mas son mis versos mi única defensa,

e imponerme la prosa y el discurso,

rigor fuera en vosotros y en mí mengua.

En su discurso, Zorrilla construye un poderoso autorretrato en el que, por supuesto, está su padre:

Una guerra civil, feroz cual todas,

a mi padre arrastró tras su bandera,

a mi madre encerró tras de las nieves

de un monte, y en la atmósfera revuelta

me echó a mí como un átomo perdido;

más yo que de laurel semilla era,

eché raíz donde caí, y mi tronco

de ramas coronó la estación nueva.

No se engaña, Zorrilla, en ese discurso. Lleva en sí las espinas dolorosas de haber cruzado el mundo sin padres y sin hijos, sabe que la Academia lo aclama reconociendo en él la popularidad del poeta, no su ciencia. Pero se sabe vinculado definitivamente a la memoria colectiva de los españoles. Cuando regresó de América en 1866 hubo gente que acampó durante días en el puerto de Barcelona, al que había de llegar su barco, para recibirlo como el poeta más popular de la literatura española que había existido nunca. Cuando se le coronó como poeta nacional en Granada en 1889 acudieron decenas de miles de personas a contemplar el acto.

¿Qué pensaría Zorrilla cuando regresó a Valladolid en 1884 para ser nombrado Cronista de la ciudad, qué pensaría cuando volvió a pisar la casa en la que había nacido y en la que vivió los únicos años de verdadera armonía familiar que disfrutó? Nunca se arrepintió de haber sido mal estudiante o de haber elegido el camino de la literatura pero echó mucho de menos la vida familiar que nunca tuvo, echó de menos el amor de su padre, un padre que lo comprendiera, que entendiera que él no podía ser un jurista ni un hombre que acudiera cada día a un despacho. Pero esa misma carencia lo había impulsado a lo largo de los años, lo había llevado a buscar el éxito en la literatura y obtenerlo y conseguir, ante todas las cosas, ser poeta y vivir de su obra. La voluntad de ser lo que uno quiere ser por encima de todas las cosas y buscar el amor de aquellos que quieran entenderlo y alentarlo. Zorrilla fue un ejemplo de lo que hoy llamamos conflicto generacional entre padres e hijos, un dolor permanente en su vida, pero también fue un ejemplo de voluntad en la vocación, un joven que sintió pronto cuál era la profesión que quería ejercer y luchó por ello. El valor emocional de ese precio tiene que ponerlo cada uno a la hora de hacer balance de su vida.

Muchas gracias.

viernes, 5 de mayo de 2017

La mirada plástica de Javier García Riobó


La mirada plástica es la nueva exposición de Javier García Riobó (Sala de Exposiciones del Teatro Zorrilla de Valladolid, hasta el 25 de junio), para cuyo catálogo he escrito el texto de presentación. Los antiguos lectores de este blog sabéis la amistad que me une con Javier y la admiración que le tengo como artista. A él le debo muchas cosas, entre ellas, que se me quitaran ciertos complejos que podía tener a la hora de experimentar como fotógrafo. Fue de los primeros en comentar sistemáticamente en este espacio hasta que abandonó el mundo de las redes sociales, al que ha vuelto esporádicamente (su blog aparece y desaparece según el humor del autor). De él son las fotografías que acompañaban a mis textos en Esguevas y Echo al fuego los restos del naufragio y con él me aventuré en proyectos como Gracias por su visita y otros.

El artista se ha planteado La mirada plástica como final de un ciclo dirigido por un proceso de depuración, de esencialidad. De hecho, es final e inicio. García Riobó ha necesitado volver a la materia física tras muchos años dedicado sobre todo al soporte digital. Una parte de la exposición muestra fotografías (impresas directamente sobre PVC) muy propias de su estilo: aproximación a la realidad para que, sin alterarla, nos desvele unos nuevos significados. Cobra una fuerte potencialidad de obra abstracta y posibilita descubrir nuevos significados de la materia real, que tiene que descubrir el espectador, reinterpretándolos. La otra parte de la exposición sorprenderá a quienes no conozcan esta faceta de Riobó, que ha experimentado en otras ocasiones con la pintura sobre materiales diversos. Se trata de pintura acrílica sobre lienzo trabajada en ocasiones con las manos, con la espátula y el pincel o directamente desde el bote de pintura. El artista ha aplicado varias capas de colores puros dejándolos mezclarse directamente en el lienzo, tapándose los unos a los otros pero dejando espacio para descubrir los colores de las capas anteriores. Los colores puros y sus texturas al ser aplicados en capas consistentes y sus mezclas revelan una escritura nueva.

Ambas partes están sólidamente unidas por el título, esa mirada plástica que dota de significado a la realidad. Una ocasión inmejorable para descubrir a este autor o continuar con su evolución quienes hayan visitado sus anteriores exposiciones.