jueves, 12 de diciembre de 2013

Ceguera y aspereza civil: dos claves de inicio en Todo lo que era sólido y noticias de nuestras lecturas.


Todo ensayo nace de premisas iniciales que soportan el resto de la argumentación. Muñoz Molina propone dos muy interesantes para comenzar Todo lo que era sólido: la ceguera ante lo que ocurría en la España de la burbuja inmobiliaria y lo que él llama la aspereza civil.

La primera es común a todos los países que han vivido una burbuja inmobiliaria como la que se dio en España a partir de los gobiernos del PP presididos por José María Aznar (1996-2004), en los que se liberalizó todo el suelo disponible y se dinamizó la economía española de forma casi exclusvia con el motor de la construcción sin establecer los controles necesarios. Si el efecto más inmediato fue la creación de millones de puestos de trabajo y la rápida circulación de dinero en España, las demoledoras consecuencias de aquello explican las causas de que en España la crisis última haya sido más profunda que en otros países: escasa formación de los trabajadores y fragilidad de los puestos de trabajo generados, corrupción generalizada, crecimiento irresponsable basado en la megalomanía de los políticos españoles, falta de inversión de los beneficios en el fomento de una economía sostenible y propia, extensión de una cultura de nuevo rico en la sociedad española, destrucción de los valores éticos y sociales que marcan un comportamiento cívico, etc. Como señala Muñoz Molina, los españoles demostramos un grado elevado de ceguera para no darnos cuenta de que repetíamos los mismos errores que otros países que habían tenido la misma tentación de crecimiento fácil. Es más, adorábamos a los políticos y a los personajes más significados que lo hacían posible y no veíamos ni sus malas maneras ni su interés personal ni los casos de corrupción que los salpicaban. O, lo que es peor, las disculpábamos. Pero esto es común a todos los países en los que ha sucedido una burbuja inmobiliaria de la magnitud que tuvo España. Una de las causas y de las consecuencias de este tipo de crisis es, precisamente, que la sociedad se convierte en sorda y ciega y pierde todo comportamiento basado en la buena ética.

La segunda base sobre la que construye su argumentación es más propia de España. Se explica en raíces históricas nacionales y es una idea que Muñoz Molina ha reiterado en varios de sus escritos. Me refiero a la aspereza civil y la violencia verbal con la que se manifesta. En contra de lo que podría esperarse, este clima de confrontación no ha sucedido en épocas de carencias o problemas graves. En la Transición española se dieron una serie de pactos -acuciados muchos por la excepcionales circunstancias históricas- que favorecieron la llegada de la Democracia. Aunque estos pactos fueron contestados por ambos extremos del abanico político -incluso con violencia y asesinatos-, la mayoría de los partidos políticos y de la sociedad española favoreció una salida constitucional en la que se integró. Ante la necesidad, la sociedad reclamó pacto, estabilidad y una altura histórica.

En efecto, en la época de euforia económica sucedió algo que merecerá un estudio por parte de los sociólogos e historiadores de años venideros precisamente por haber sucedido cuando nos creíamos ricos: la aparición en la primera línea política de un estado de confrontación permanente a pesar de que todo parecía ir bien en el país. Desde mi punto de vista, esto se debió a varias causas que paso a describir.

La primera, indiscutible, es la forma en la que salió del poder Felipe González. Sobre todo desde su última victoria electoral en 1993. Los últimos años de Felipe González en el gobierno evidenciaron una decadencia de su figura que fue aprovechada por los medios de comunicación contrarios para comenzar una crispación social como estrategia para terminar a toda costa con la larga etapa en el gobierno del PSOE. Aquello ha sido reconocido, explícitamente, por varios de los que participaron, por lo que no es rumorología sino historia. José María Aznar supo aprovecharse de esa política de crispación social y definirla políticamente mucho mejor que sus antecesores al frente del PP con aquella célebre frase: Váyase, señor González. Aznar es el típico ejemplo de político que llega en el momento oportuno y sabe aprovecharlo y que cinco minutos antes o cinco minutos después no hubieran pasado a la historia.

La segunda es la estrategia de varios medios de comunicación que radicalizaron sus mensajes. La política de los empresarios de este sector comenzó a extenderse más allá de la propiamente informativa. Aparte del fortalecimiento de la prensa en papel por aquellos años -aún Internet no les había hecho daño-, el reparto de las televisiones privadas y las nuevas emisoras radiofónicas fueron el objetivo fundamental de empresas que también se relacionaban con otros sectores, como el de la construcción. De hecho, los gobiernos nacionales de uno y otro color y los autonómicos comenzaron una estrategia a través de inversiones indirectas en estas empresas de la comunicación, favoreciendo a unas o a otras según su afinidad y lealtad. Hubo casos verdaderamente escandalosos. Estos medios de comunicación han radicalizado su mensaje desde entonces y hoy vivimos casi en un territorio de banderías que no beneficia a nadie y que se ha crispado más aún con la aparición de la conocida como TDTparty. Algunos empresarios, para terminar de potenciar esta radicalización, tienen acciones en medios de comunicación contrarios que procuran atizar el fuego del conflicto para ganar la fidelidad de sus seguidores, cada vez más repartidos en compartimentos estancos. Con ello se crea una base de audiencia potencial que se proyecta en su peso en la opinión publicada, con los consiguientes beneficios por ingresos publicitarios o por posicionamiento como herramientas para la divulgación de estrategias electorales.

La tercera es la actitud con la que el PP ha accedido al Gobierno nacional tanto en 1996 como en 2011. No me refiero, ahora, a su ideario político, sino a las maneras. En ambos casos, significados miembros de este partido han demostrado un afán revanchista y un cierto tono de suficiencia, contrario a todas las maneras de la corrección política en una democracia asentada. Con ocasión de perder el poder en 2004 tampoco encajó bien la derrota y las acusaciones al PSOE de urdir una gran conjura siguen hasta hoy. Todo ello no ha contribuido a un clima de sosiego sino que ha fomentado, interesadamente, esa aspereza civil de la que habla Muñoz Molina.

La cuarta tiene su raíz en algunas claves de la política de José Luis Rodríguez Zapatero tras su acceso al poder en el 2004. Ni Zapatero ni Aznar son parte de la generación que protagonizó la Transición. A esto se suma que cada vez un sector mayor de la población se siente desvinculado de los pactos que llevaron a la Constitución española de 1978, bien por edad bien porque se han liberado de los temores y compromisos de aquellos años. Una de las grietas de esos pactos es, precisamente, todo lo englobado en la Memoria histórica. Un sector cada vez más amplio de la izquierda demanda la corrección o anulación de algunas de las bases que llevaron a aquel pacto: la concepción misma del Estado -República o Monarquía, centralismo o federalismo, independentismo, etc.-, la reparación de los derechos de las víctimas del franquismo o la condena de la dictadura de Franco a la manera de lo que sucede en Alemania con el nazismo. Esto ha provocado la reacción contraria, manifestada de una forma radical en los medios de comunicación afines a la derecha.

La quinta, el descrédito cada vez mayor de las instituciones básicas del estado español actual: partidos políticos, sistema parlamentario y Monarquía. Este descrédito se ha generado también en la época de abundancia: las imágenes de políticos imputados o condenados que no eran apartados por sus partidos, la conversión de la Monarquía en una familia mediática cada vez menos respetada por la opinión pública, el estado de algarabía continua del Congreso de Diputados, etc Sin duda, el perfecto ejemplo de cómo se ponen las semillas de la futura decadencia.

Todo ello está en la base de esa aspereza civil de la que habla Muñoz Molina. En España solo se amortiguaron los efectos de la Guerra civil provocada por el golpe de Estado de los generales en 1936 -que se sublevaron contra el poder legítimo del momento- en los pactos que llevaron a la Constitución de 1978. A partir de los últimos años de Felipe González la crispación ha regresado al país, alimentada por medios de comunicación necesitados de la cercanía al poder para subsistir y sedientos de cuotas de audiencia aun a costa de una escalada verbal que a todos perjudica. Hay poca altura política incluso para solucionar problemas históricos fácilmente solucionables, como las fosas comunes que aún existen en España con los cuerpos de las víctimas de los represaliados por el bando franquista.

La mediocridad cada vez mayor de nuestros gobernantes -tanto en sus maneras como en sus discursos- sirve, a la vez de espoleta y de mal ejemplo en un país que siempre ha estado abonado a estos radicalismos. Lo único sorprendente, en este caso, es que se diera en los mejores momentos económicos de los últimos cien años.

Ambas cosas, ceguera y aspereza civil llevaron a que no se pudiera llegar a un acuerdo de desarrollo sostenible del país que nos hubiera ahorrado las consecuencias más dramáticas de la crisis. Un ejemplo: uno de los mejores ministros de educación de los útlimos años ha sido Ángel Gabilondo (2009-2011). A pesar de que estuvo a punto de conseguir un gran pacto de estado para reformar la educación en España, a última hora todo fue imposible precisamente por la estrategia de crispación según la cual al enemigo político no se le debía dar esa baza. Es curioso que los dos grandes partidos políticos españoles solo hayan llegado a un gran acuerdo en los últimos tiempos: una reforma urgente de la Constitución española no sometida a referendum y obligada por la Unión Europea para limitar el déficit público.

Noticias de nuestras lecturas

Antonio Aguilera vuelve al Club de lectura por la puerta grande, con su primer comentario revulsivo de Todo lo que era sólido, abordando la burbuja inmobiliaria.

Pancho comienza su aportación sobre la obra de Muñoz Molina por el comentario de la portada, la cita y la autocomplacencia que nos cegó ante lo que iba a ocurrir. Excelente, como también su segunda entrada, en la que aborda las causas generales del descrédito del sistema parlamentario y una característica de la obra de Muñoz Molina: cómo parte del retrato de personajes concretos que adquieren calidad de tipos sociales que aclaran lo que en España ha pasado en los últimos años.

Paco Cuesta redacta un magnífico análisis de la perspectiva ideológica de Todo lo que era sólido, una reflexión que integra y no disgrega.

Mª Ángeles Merino sigue con su sagaz forma dialogada de comentar el ensayo de Muñoz Molina, aquí para explicar que donde había dinero ya no lo hay...

Myriam realiza una excelente aportación a la lectura: parte del texto de Muñoz Molina para hacer un análisis de las raíces de los comportamientos tan españoles mencionados por el autor y que están en la raiz de todo.

Gelu publica su tercera entrada sobre La estafeta romántica de Galdós. Llama mucho la atención el uso de las obras literarias en Galdós para la contextualización de una época.
 
Mª Ángeles Merino sigue con el comentario de Intemperie. Llega aquí al momento en el que el muchacho debe tomar las riendas de su vida y hacerse cargo incluso del pastor.

Ya sabéis que recojo en estas entradas de los jueves los comentarios que los seguidores del Club de lectura hacen en su blog hasta el miércoles y aquellos que me dé tiempo del mismo jueves. Si me he olvidado de alguno, os agradecería que me lo hicierais saber.

9 comentarios:

Antonio Aguilera dijo...

Que bien has desarrollado los dos pilares iniciales del ensayo; ceguera y aspereza verbal. Cada dia tengo mas dudas de que este pais tenga arreglo. Si vuelve a ganar el bipartidismo, dimito y me tiro sl monte.

Gelu dijo...

Buenas noches, profesor Ojeda:

Alegría volver a encontrar los comentarios sinceros de Antonio Aguilera.
Dejo un enlace del blog de Antonio Muñoz Molina:

http://antoniomuñozmolina.es/

Leeré todo despacio, mañana.
Saludos

pancho dijo...

Impresionante clase magistral de historia española contemporánea, completamente reconocible porque la hemos vivido y visto con nuestros propios ojos. Hemos sido parte de ella y en algo habremos influido para bien o para mal. Por lo tanto que nadie venga con el cuento de intentar vendernos otra cosa distinta.
Cierto que mucha de la prensa que se puede leer en el quiosco o en internet, la tv o la radio tiene una tendencia política, pero siempre ha sido así. Se opta por un medio u otro porque ya sabes lo que vas a oír, ver o leer. Si acaso ahora está todo más radicalizado, sobre todo con la llegada de internet. La mayoría de los comentarios a cualquier noticia u opinión son pedradas a cualquier intento de debate, engendros que buscan el enfrentamiento, casi siempre con seudónimo, que no tiene valor ninguno.
Una prensa libre e independiente es más necesaria que nunca. De hecho gracias a ella nos hemos enterado de numerosos casos de corrupción que habrían quedado ocultos si no hubiera sido por los periódicos, televisiones o radios que invierten en investigar. Una prensa libre es el oxígeno de la democracia. Una mala noticia es que once mil periodistas hayan perdido el puesto de trabajo desde que empezó la crisis.
Agradecido por el tiempo que empleas en el club de lectura y estas clases gratuitas de alto estanding que nos regalas.

Abejita de la Vega dijo...

Ciegos, sordos y dándonos de estacazos...verbales, pero estacazos. Así hemos vivido estos años. El ruido no ha cesado desde los últimos tiempos de Felipe González. Siguió con Aznar, con Zapatero y Rajoy. Da miedo escuchar algunas emisoras y ver algunas cadenas. Y , mientras tanto, la casa sin barrer.

El libro de Muñoz Molina es un buen instrumento de reflexión, tu entrada no lo es menos.

Besos, Pedro.


Myriam dijo...

Extraordinaria tu clase, mil gracias. Con libros como el de AMM y análisis como los tuyos, contrario a Antonio, yo sí creo que el país que está ya harto, va a arreglarse.

Besos

Señor De la Vega dijo...

Mi Señor Ojeda, debe tener muchos seguidores esta lectura, porque en las bibliotecas tienen prestado el texto de Molina.

Y sabe que mis normas son estrictas con lo virtual, si el escritor tiene la mollera de tapa dura, como es el caso.

Pero por su análisis resumen, (desconozco la parte de Muñoz y la parte de ojeador ;), hay algunas claves en lo referido que me faltan.

Una, es la herencia que arrastramos, que en términos de cultura inmobiliaria se resume en escasamente 2 generaciones desde la profunda dictadura.
Tras la guerra civil y los fallidos proyectos falangistas hasta mitad de los 50, siguiendo el modelo fascista italiano habitacional y acceso a la vivienda comunal como ideología.

Lo que tuvimos después, impulsado por la rama neoliberal-conservadora, fue desarrollismo, basado en el concepto propiedad privada, incentivado por los planes del gobierno, y los nuevos terratenientes del régimen de la propiedad vertical, así se tejió la cultura que desmontaría el alquiler o cualquier otro modo alternativo habitacional.

Mis progenitores y toda una generación de posguerra de clase humilde, que habían observado como vivir arrendados, (lo que habían hecho con normalidad hasta su edad adulta), pasaba a ser un estigma y era la propiedad lo que se fomentaba como un paso necesario para integrarse en la migración campo-ciudad y la seguridad futura.

Incluso familias arrendadas de renta antigua, entraban en el juego, y sino en las grandes ciudades donde habitaban, que también, si a la compra del apartamento en la costa urbanizada, que en apenas 2 décadas había cambiado el paisaje, y donde se estaban realizando experimentos de pelotazo, que enriquecieron a los amigos del régimen y nuevos ricos.

Es en ese campo abonado que cualquier persona de más de 40-50 años conoce en mayor o menor medida, y después de la desaceleración post-expo-olimpiadas en el 92, cuando se asentará, el rally especulativo inmobiliario que sufrimos, donde la nueva generación compradora, con anteriores generaciones multipropietarias, quedan a la merced de la cultura especulativa, sin la contraposición de ningún modelo alternativo, porque desde los años 60 en España había sido desmontado, y el alquiler se había convertido en un simple tránsito de estudiantes, de jóvenes antisistema, una fatalidad indeseable o una distinción para nuevos residentes inmigrantes, pero nunca un objetivo aceptable, ni social, ni político ni económicamente.
Y si los abuelos y padres decían, que es lo que había, los hijos pensaron que ese era el único camino.

Lo peor, es que a pesar de que somos conscientes de la estafa manifiesta al caer el castillo de naipes, la cultura de propiedad sigue siendo la misma, no se ha movido un centímetro.
Y ni este gobierno, ni el anterior, en estatal, autonómico o gobiernos de cualquier color local, se ha planteado otro modelo... y cambiar los hábitos de vida y de consumo, sin alternativa, siquiera como propuesta en programas electorales y tras décadas de propiedad como objetivo prioritario de ahorro y consumo; seguirá siendo el futuro que planeará en los próximos decenios en España, y sobre esa realidad sociológica, los especuladores siguen realizando sus planes de empresa, con un margen de error muy pequeño y beneficios suculentos.

Las decenas de miles de estafados, a pesar del regenerativo activismo PAH, 15m, Stop desahucios o renovación libertaria de la cultura okupa o comunitaria; en general, asumen su culpa como un perdedor en la timba de póquer y los concienciados son solo la singularidad entre los perdedores; mientras que el mercado promotor de la burbuja, convierte su quiebra en éxito.

Somos una sociedad maniatada (abuelos, padres, hijos) y el cordel que nos ata, es considerado todavía en lugar de atadura, cadena de oro.
Suyo, Z+

Estrella dijo...

No estoy leyendo el libro (tengo otros dos entr manos, Victus y una biografía de Pizarro) pero sigo con muchísimo interés tus clases magistrales y las de los otros compañeros.

Un saludo, Pedro

José Luis Ríos Gabás dijo...

Te he leído, Pedro, y estoy de acuerdo contigo en prácticamente todo. Estoy leyendo el libro y me gusta. Alguien tiene que contar lo que pasó, y me gusta cómo lo hace Muñoz Molina, al que leo desde hace tiempo. Quizás sea mejor articulista que novelista, pero en general me gusta y creo que sigue siendo, a pesar de algunas incoherencias, un referente para los de mi edad, que es casi la suya. Un acierto,leer este libro.

Un abrazo

Paco Cuesta dijo...

Cuando los medios recurren a la crispación hasta en las desgracias personales, poco podemos esperan de ellos. Por otro lado pocos lectores atienden a diversos medios, posiblemente única manera de mantener una opinión propia.Molesta menos el que menos molesta.
Un abrazo